DIARIO DE LECTURAS #04

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No descubro nada nuevo si digo que Fernando Savater es una de las personas más lúcidas, valientes y divertidas (sí, todo eso es perfectamente compatible) de este país. Sus palabras y su sentido común son, en estos momentos en que los nacionalismos -esa mezcla de xenofobia, incultura y victimismo- vuelven a estar en auge, de una gran frescura y actualidad. Bajo el provocador título de Contra las patrias (Ariel, 2017) reúne en este libro cerca de 50 artículos en los que habla de esas ficciones que son las naciones, prácticas como organización territorial y política, pero peligrosas cuando se las dota de cualquier otro sentido. Editado en 1984 por primera vez y ampliado dos veces (1996 y 2017) el libro es en cierto modo un recorrido por los últimos 40 años de historia en España. Como no podía ser de otra manera, los primeros artículos se centran sobre todo en el País Vasco y los últimos más en Cataluña. El libro está lleno de párrafos que no por obvios dejan de ser necesarios:
“Detestar las patrias y abominar de las nacionalidades no es rechazar la solidaridad necesaria a todo grupo social, ni mucho menos condenar el encanto estético de las diferencias de costumbres, lenguas, ritos y estilos de vida. Tampoco significa olvidar las tradiciones comunes, aunque sí desde luego valorar de manera más escéptica y menos cruenta el esfuerzo, a menudo implacable, de los padres fundadores (…). Yo prefiero ser ciudadano de un país democrático, con leyes discutidas y popularmente aceptadas, con garantías jurídicas, igualitario de principios y tendiente dentro de lo posible a la efectiva igualación social, económicamente justo (…), culturalmente abierto, liberal en las costumbres (…) que afiliarme a cualquier patria, a cualquier bandera, a cualquier himno, a cualquier lengua, a cualquier venerable tradición, a cualquier suma de ancestros, a cualquier independencia que me someta a la dictadura de los más cercanos a la prehistoria de mis conciudadanos.”
“No hay doctrina progresista que brote de la sangre o de las entrañas (por populares que estas pretendan ser, sino de la razón y el acuerdo (aunque este sea patrimonio de las minorías mejor educadas)”.
“Renegar de patrias y naciones es devolver a los individuos la capacidad de inventar y de olvidar, de ser distintos y de ser nuevos, de ser libres y de pensar por sí mismos”
Y así a lo largo de más de 300 páginas… qué gusto.

Abandonar el patriotismo es una cosa muy sana, desde luego, pero perder las raíces, el sentimiento de pertenencia a un lugar, ha de ser una sensación dolorosísima. Al comunismo le cabe el dudoso honor no solo de ser la mayor fábrica de muertos del siglo XX, sino también, muy probablemente, de exiliados. Agota Kristof fue una de tantas. En 1956, con solo 21 años, abandonó de manera ilegal Hungría, jugándose la vida y la de su familia, para establecerse en Suiza, donde no conocía a nadie, ni siquiera el idioma, empezando una nueva vida caracterizada por la desorientación, el miedo, el aislamiento y la necesidad de leer y escribir. Muchos de los que cruzaron la frontera con ella acabaron suicidándose. Otros regresaron a su país, sabiendo que les esperaba el horror de la cárcel. En La analfabeta (Alpha Decay, 2015) cuenta, en apenas 35 páginas, once instantes de su vida. Su niñez en Hungría, la muerte de Stalin (fabuloso capítulo), el momento de abandonar su país, el trabajo en una fábrica suiza, sin entender ni una palabra, la decisión de escribir en un idioma, el francés, que tuvo que aprender de adulta… y sobre todo, la lectura: “Leo. Es como una enfermedad. Leo todo lo que cae en mis manos, bajo los ojos: diarios, libros escolares, carteles, pedazos de papel encontrados por la calle, recetas de cocina, libros infantiles. Cualquier cosa impresa.”

Otro que sabe del horror comunista y que tuvo que abandonar su lugar de origen hace 35 años (aunque en su caso, afirma, fue por seguir a una mujer) es Adam Zagajewski, poeta nacido en la ciudad de Lwow (antes perteneciente a Polonia, hoy territorio ucraniano). Tierra de fuego (Acantilado, 2017) es el primer libro que leo suyo, y me ha parecido un poeta sobresaliente. Son los suyos poemas más bien cortos, llenos de aromas y sonidos, en los que habla de viajes y de la infancia, del exilio y de los libros. Siempre me da reparo leer poesía traducida, pero en este caso la traducción de Xavier Farré es estupenda, con una sonoridad y una sensibilidad que casan muy bien con el contenido de los poemas: “Esto podía ser también la infancia, / país de éxtasis leves y de un deseo eterno, / labios del mediodía con rojas amapolas / y atentos campanarios igual que colibríes”.

Como soy animal de mercadillo, de rastro, de tiendas de segunda mano, a veces encuentro cosas curiosas, como este pequeño volumen llamado Entrevistas literarias (La gaceta del libro, 2005), de Liborio Barrera. Reúne 13 entrevistas con escritores como José Hierro, Mario Vargas Llosa o Juan Marsé aparecidas en El periódico de Extremadura entre 1996 y 2004. Gente interesante, en general, pero las entrevistas son tan breves, y su origen periodístico las hace a veces tan circunstanciales y superficiales, que me ha quedado escaso poso tras la lectura.

De quien me encantaría leer una entrevista larga y en profundidad es de Philip K. Dick, seguramente más interesante él como personaje que sus propios libros (aunque sus historias hayan dado pie a películas tan estupendas como Blade runner, Desafío total o Minority report). De Una mirada a la oscuridad (Acervo, 1980), su novela más autobiográfica, el propio autor llega a escribir “no soy un personaje de esta novela; soy la novela en sí”. La novela va de drogas, desdoblamiento de personalidad y locura. El protagonista, Fred / Bob, es un agente de la policía infiltrado en el mundo de la droga, o un drogadicto infiltrado en la policía… El libro relata el proceso de deterioro físico y mental a que le lleva la ingestión descontrolada -no hay otro modo de tomarla- de la sustancia M, la sustancia Muerte. Aunque se me ha hecho algo largo, relata de manera magistral el hundimiento en la locura del protagonista, trasunto del propio Dick y de muchos de sus amigos y conocidos durante los 60 y 70, como cuenta en el epílogo.

La locura es también la protagonista de las Memorias de abajo (Alpha Decay, 2017) de Leonora Carrington. Si no me equivoco, supe de ella por primera vez gracias a Jodorowsky, quien la considera una de sus ‘magas’, una de las mujeres que le enseñaron otra manera de ver y de vivir. Carrington, tras el traslado de su amante Max Ernst a un campo de concentración en 1940, y con signos de locura evidentes, vino a España, donde fue internada en el manicomio del doctor Morales. Este libro, escrito tres años después, narra su terrible experiencia (estar ingresada en una clínica psiquiátrica en la España de la primera posguerra no debía ser una experiencia muy agradable). Lo interesante del libro y lo que lo pone muy por encima de otros textos de autores cercanos al surrealismo es que, tal y como pone en la contraportada, mientras otros surrealistas jugaban a hacerse los locos (y en eso han quedado sus textos, en juegos que a nadie interesan ya), la relación de Leonora con la locura fue real y muy íntima.

En un tono completamente opuesto, pero igualmente fundamental para una ficticia antología de textos sobre la locura, tenemos El alienista (Tusquets, 1997) de Machado de Assis. Publicado por primera vez en 1882, se trata de un delirante cuento en torno a un médico, el doctor Simón Bacamarte, que decide construir en un aislado pueblo brasileño un sanatorio mental donde, en nombre de la Ciencia (con mayúsculas, por favor) ingresará contra su voluntad a todo aquel que no se ajuste a los parámetros de normalidad que su criterio objetivo, científico e irrebatible juzgue adecuados. El libro, que se lee en un ratito (cómo me gusta eso) es, entre otras muchas cosas, una sátira sobre esa religión llena de dogmas incontestables llamada Cientifismo cuyos mandamientos se resumen en dos: (1) la ciencia lo puede explicar todo, si no ahora, en el futuro y (2) cualquier explicación de un fenómeno que no se ajuste al conocimiento científico es falsa.

De todo esto habla el último libro de Juan Arnau, La fuga de Dios. Las ciencias y otras narraciones (Atalanta, 2017), con quien empezaba la entrada anterior y con quien finalizo esta. Arnau, siguiendo la tradición de otros autores de Atalanta como Patrick Harpur, Gary Lachman o el propio Jacobo Siruela, que me han hecho replantear y modificar en los últimos años mi visión del mundo (suena exagerado, pero así es), expone, a través de la obra y el pensamiento de una decena de científicos y filósofos (o ambas cosas), un paradigma de la ciencia alejado de la fría objetividad y de la autosuficiencia en que está inmersa gran parte de la cultura científica occidental, de Descartes hasta ahora. Arnau habla de un nuevo modelo científico, más humanista, menos excluyente, más humilde, más permeable y más imaginativo. También, seguramente y por desgracia, menos probable en un mundo que identifica cada vez más progreso con avances tecnológicos.

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