DIARIO DE LECTURAS #11

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Nunca es tarde si la dicha es buena y más de 25 años después de su estreno por fin he visto Twin Peaks (las dos primera temporadas) y he quedado noqueado, fascinado, anonadado y yo que sé qué más por un autor que tenía olvidado desde hace tiempo, David Lynch. Entre mis 18 y 25 años aproximadamente, Lynch supuso uno de los puntos fuertes en mi formación y educación como devorador de películas. Un tipo que con apenas una decena de largos ha sido capaz de crear uno de los mundos más personales, inquietantes y bellos que se han proyectado nunca en la pantalla. Me ha encantado redescubrirlo ahora y ver que, al contrario que con otros autores, la revisión no ha hecho más que aumentar la admiración por él. Lynch, además, y esto es algo que cuando vi sus películas hace 15 años ni me iba ni me venía, es un ferviente apóstol de la meditación, que lleva décadas practicando. De eso habla en este libro raro y perfecto, Atrapa el pez dorado (Reservoir Books, 2016), hecho a base de retazos, consejos, confidencias y anécdotas acerca de su obra, y de cómo la espiritualidad y la meditación son parte indisociable de la misma. Un libro fundamental para profundizar en su universo.

Otro de esos autores cuya obra entera fue un reflejo de su visión del mundo, y por los que siento una admiración absoluta es Jorge Luis Borges. No tiene mucho sentido intentar decir nada nuevo de él aquí, así que me limitaré a dejar constancia de lo que he disfrutado con este Borges A/Z (Siruela, 1988), último volumen de la maravillosa colección La biblioteca de Babel, en la que el maestro recopiló una selección de sus lecturas fantásticas favoritas, y cuyos ejemplares tienen en el mercado de segunda mano precios prohibitivos. Tuve la suerte de encontrar hace un mes este libro a precio de ganga, y ni lo dudé… Borges confesaba que su género literario favorito era la Enciclopedia (por curiosidad, haraganería y sobre todo por la cuota de sorpresa que un orden tan arbitrario como el alfabético da a su contenido) y aquí se recopilan, a modo de diccionario, declaraciones y fragmentos de las obras del argentino, bajo epígrafes que van de “Ajedrez” a “Zenón de Elea”. El libro es toda una fiesta de lucidez, personalidad única y sentido del humor (una de mis favoritas: “Tenía entendido que solo había buena y mala literatura. Eso de literatura comprometida me suena lo mismo que equitación protestante“).

Como me gustan los libros en los que se habla de otros libros y los autores que reivindican fervorosamente a sus maestros, lo he pasado bien -pero no me ha encantado, lo reconozco, le falta algo- con Empiezo a creer que es mentira (Círculo de tiza, 2017), del madrileño Carlos Mayoral. Mayoral es un gran lector, un apasionado de la literatura, y su defensa de nuestros clásicos (de Valle a Pardo Bazán, de Azorín a Bécquer) le coloca en una posición por la que siento bastante simpatía. Salvando las distancias (que no son pocas), podría ser un equivalente en mi generación de lo que puede haber sido Andrés Trapiello en la generación de mis padres (aunque Trapiello es infinitamente mejor escritor y un crítico mucho más agudo que Mayoral). El libro se lee bien, pero cae en algunos tics que me resultan algo antipáticos (la moda de reivindicar a ciertas escritoras por el hecho de ser mujeres y no por la obra que dejaron escrita; la excesiva complacencia y atracción hacia la figura del ‘maldito’ profesional -el alcohólico, el muerto de hambre, el suicida-; el rechazo a los escritores españoles que no escriben en castellano…). Algunas de estas cuestiones ya no sé si están en el libro o si me vienen por la conversación que tuvimos entre croquetas y cerveza, en la que acabé convirtiéndome en involuntario defensor de causas que me son bastante ajenas, y durante la que me lo pasé estupendamente bien, todo hay que decirlo.

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Estos días, preparando la próxima exposición de Javi en Alicante, estoy leyendo retratos literarios, descripciones físicas y morales, impresiones de escritores acerca de otros escritores, y uno de los libros que estoy manejando es este de Javier Marías, Miramientos (Debolsillo, 2007). Son quince textos que publicó en la revista Campus Cervantes (ni idea) en los que, a través de fotografías de diferentes momentos de la vida de cada uno de ellos, trataba de imaginar y describir lo que veía en cada uno de estos rostros. Borges, Benet, Victoria Ocampo, Savater o Quiroga eran recreados por el autor de manera precisa, imaginativa, con su puntito de ironía y su sincera admiración (excepto en el caso de Neruda, que a estas alturas creo que a todos nos resulta profundamente antipático). Al final, un curioso autorretrato. El propio Marías describiéndose a sí mismo a través de varias fotografías de distintos momentos de su vida como escritor.

Por terminar con este puñado de libros plagados de nombres propios, hace unas semanas leí La facción caníbal. Una historia del vandalismo ilustrado (La Felguera, 2013), del gurú de la cultura subterránea Servando Rocha. A través de 500 páginas de letra apretada, abundantes fotografías, y cientos de referencias culturales e históricas, el autor traza un mapa de conexiones entre arte, terror y revueltas sociales, que van de los disturbios callejeros ingleses del siglo XVIII al punk más radical, pasando por Jack el destripador, los situacionistas, la guillotina y el Surrealismo. Todo este batiburrillo plagado de asesinos en serie, artistas mediocres y filósofos visionarios es pasado por la batidora salvaje de Rocha y al final del libro, exhaustos, asqueados y admirados a partes iguales logramos vislumbrar un sentido a todo esto… no me preguntéis cuál.

Cambiando de tercio, uno de esos estupendos títulos de la exquisita colección Planeta Maldito, de Valdemar, dedicada a la literatura erótica más decadente y elegante, Teresa filósofa (Valdemar, 1999) del marqués Boyer d’Argens. Obra aparecida en 1748 y atribuida durante mucho tiempo a Diderot, está basada en el caso real del jesuíta Jean-Baptiste Girard y su pupila Marie-Catherine Cadière. Al parecer, cuando se supo que los éxtasis que sentía la muchacha y los estigmas que le aparecían por el cuerpo no eran obra precisamente de dios ni del demonio, sino que más bien era el padre Girard el que se los provocaba, se generó un gran revuelo en Francia. Boyer d’Argens transforma este caso en una divertidísima fábula plagada de inteligentes reflexiones y diálogos en torno al sexo, la religión y la moral.

La ciudad de las columnas (Bruguera, 1982) es lo primero que leo del cubano Alejo Carpentier. Es un breve texto en el que hace un recorrido por la parte vieja de la ciudad de La Habana, y sus características urbanísticas y arquitectónicas. Me ha interesado especialmente la defensa del urbanismo orgánico, sensato y natural de las ciudades antiguas, frente al racionalismo (cómo me molesta esta palabra), frío y cuadriculado del movimiento moderno.

Otra ciudad, pero no de columnas, sino de cristal, es el Nueva York a medio camino entre Kafka y Chandler que imaginó Paul Auster, y que trasladaron al cómic Paul Karasik y David Mazzucchelli. En La ciudad de cristal (Navona, 2017) se adapta de manera muy competente la primera de las obras de la Trilogía de Nueva York, con un dibujo limpio y sencillo, como la prosa de Auster. Por poner una pega, me he encontrado varias faltas de ortografía… no estaría de más un repaso antes de mandar a imprenta obras tan estupendas como esta.

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