DIARIO DE LECTURAS #14

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Qué poco ‘de novela’ que soy. Nunca lo he sido mucho, y cada vez lo soy menos. Y encima, me doy cuenta de que las novelas que más me gustan tienen bastante de autobiográficas. Pienso en La lluvia de los inocentes de Andrés Ibáñez, que leí hace unos meses y me fascinó, y pienso en esta novela, la segunda de Andrés Trapiello, El buque fantasma (Plaza & Janés, 1992). Novela de iniciación, cuenta el proceso de toma de conciencia política y de casi inmediato desencanto de Martín, claro alter ego del autor, en una ciudad de provincias de la España tardofranquista. El protagonista, joven idealista, pronto se da cuenta de que gran parte de aquellos que decían luchar contra una dictadura miserable, más que luchar por la democracia y la libertad, por lo que peleaban era por la consecución de un régimen igualmente dictatorial e igualmente miserable. Por suerte, y con todos los peros que le podamos poner a la España actual, no fue así. Y, a lo que vamos, el libro está maravillosamente escrito.

El proceso personal e intelectual de Martín / Trapiello tiene muchos paralelismos con el que cuenta Octavio Paz en Itinerario (Seix Barral, 1994). Paz, una de las personalidades más lúcidas y comprometidas del siglo XX, representa un humanismo liberal y nada sectario con el que me siento bastante identificado. Incómodo con las etiquetas, reivindicó siempre la libertad, la educación, la cultura y el diálogo. Como cualquier intelectual de su tiempo, denunció con horror las atrocidades del nazismo. Como muy pocos intelectuales de su tiempo, se atrevió a denunciar igualmente el horror del estalinismo, lo que le valió todo tipo de acusaciones e insultos. Este breve libro, uno de los últimos que escribió, es todo un ejemplo de valentía, claridad y coherencia.

He leído estos días también dos libros muy cortos que tratan de una manera muy directa acerca de uno de los horrores mayores de nuestro tiempo, el terrorismo islámico: Conversaciones, de Ayaan Hirsi Ali (Confluencias, 2015) y El vértigo de la fuerza, de Étienne Barilier (Acantilado, 2018). La primera es una de las voces más importantes a favor de una reforma que modernice y humanice el Islam, especialmente en lo que concierne a los derechos de la mujer (prácticamente inexistentes en muchos países). Ello la ha hecho merecedora de amenazas de muerte. Es una mujer valiente y fascinante. El segundo libro está escrito tras el atentado contra la revista Charlie Hebdo y es un alegato contra el fanatismo asesino, y contra los cobardes que justifican ese fanatismo.

Estos cuatro libros, escritos por un español, un mexicano, una somalí y un suizo, tienen todos algo en común que me toca muy hondo: la defensa del individuo frente a la masa, del ser humano concreto frente a la abstracción de conceptos como patria o pueblo, y de las ideas frente a las ideologías.

Otro libro que habla de valores a los que me siento muy afín es La hazaña secreta (Turner, 2018), de Ismael Grasa. Esta frase resume bien el tono general del libro: “Al fin y al cabo se ha hecho más por la revolución -la que de verdad cuenta- levantando el sombrero de nuestras cabezas para saludar que cortándolas”. El libro, compuesto de brevísimos capítulos en torno a una idea, a una frase, es una reivindicación de los pequeños gestos íntimos y los rituales cotidianos.

Otra vez he tenido la suerte de encontrar, a precio de risa, un ejemplar de La biblioteca de Babel, aquella colección de los 80 en la que Borges seleccionó sus lecturas fantásticas favoritas. Veinticinco Agosto 1983 y otros cuentos (Siruela, 1985) contiene cuatro de los últimos cuentos del maestro en los que aparecen algunos de sus temas eternos: el tigre, el sueño, la rosa o el doble. Se completa el volumen con una extensa entrevista de María Esther Vázquez que, como todas las que he leído de las que le hicieron, no tiene desperdicio.

En el mismo lugar y el mismo día donde encontré este libro de Borges, me hice también con este Libro de jaikus (Bartleby, 2007), de Jack Kerouac. Esto es lo primero que leo de él (hace cosa de 15 años intenté empezar En el camino… pero no era el momento. Tampoco sé si ahora lo es). Kerouac, piedra angular de la generación beat, propuso una serie de innovaciones en forma y contenido para adaptar el jaiku japonés a Occidente. Hasta propueso cambiarle el nombre (pops). Unas veces le salió bien y otras no tanto, pero en general me lo he pasado estupendamente bien leyendo esta selección. La traducción de Marcos Canteli a veces me chirriaba un poco… pero imagino que ha de ser difícil traducir unos poemas tan breves y concretos como estos.

Para terminar, otro diálogo entre Oriente y Occidente. Sentarse y nada más (Errata Naturae, 2018), de Éric Rommeluère, que lleva 40 años practicando y enseñando budismo en Francia, es una introducción a la práctica de la meditación zen desde un punto de vida occidental. El budismo es un tema del que no sé nada, pero que me interesa. Y me interesa también, aunque se me escapan muchos de los matices, la crítica que el autor hace de prácticas de moda como el mindfulness o cierto tipo de meditación ‘laica’ que parece estar más bien al servicio de una sociedad ultracapitalista en la que producir y consumir son el único objetivo que de un conocimiento profundo de uno mismo y del mundo. Como me suele pasar con los libros que tratan temas que me atraen pero de los que apenas sé nada, me cuesta hacer un resumen o sacar conclusiones, pero puedo decir que me ha gustado bastante.

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