DIARIO DE LECTURAS #21

IMG_20181015_183629

Casi un año después de empezar, creo que es momento de dar por finalizada (al menos de momento) esta serie que titulé, copiando a Alberto Manguel, Diario de lecturas y que, por el motivo que sea, últimamente se me está haciendo cuesta arriba. No hay ninguna obligación de seguir, así que, por el momento, hasta aquí hemos llegado. Me gusta saber que termino con una buena selección. Allá va:

Ya he escrito en varias ocasiones (y pienso seguir haciéndolo) acerca de mi admiración, gratitud y simpatía hacia José Luis Garci. Lo de la simpatía y la admiración no hace falta que lo explique, es así y ya está. La gratitud viene de distintos frentes. Como presentador de Qué grande es el cine, me enseñó a amar las películas desde mi adolescencia, y me descubrió decenas de maravillas que siguen contándose entre mis favoritas. Como director de cine tiene 4 o 5 películas fabulosas (en especial Las verdes praderas, El Crack -1 y 2-, Luz de domingo y Tiovivo c.1950) y como escritor… bueno, quizá sea en esta faceta donde más destaca. He devorado en dos sentadas estos dos libros: Insert Coin (Reino de Cordelia, 2018) y Adictos a El Crack (Notorious, 2015). El primero, una selección de sus relatos, que destaca por la variedad y calidad de la mayoría. Con algunos, aquellos en los que rememora su infancia, he llegado a llorar de emoción. Una maravilla, repito. En cuanto al segundo es un homenaje a las dos películas protagonizadas por Germán Areta, ese detective castizo, frío y romántico interpretado por un Alfredo Landa en estado de gracia. Seis amigos hacen su particular homenaje al maestro. Desde aquí, hacemos el nuestro.

Otro director de cine que también escribe, en otro tono muy distinto (y también estupendo) es José Luis Cuerda. Si amaestras una cabra, llevas mucho adelantado (Martínez Roca, 2013) es su primer libro de aforismos (hace poco publicó el segundo, Me noto muy cambiá) y en ellos se encuentra todo el humor manchego y surreal del creador de Amanece que no es poco, aderezado con unas gotas de cabreo y bonhomía. Mi favorito: “Tengo la sensación, muy agradable, de que del mundo actual me estoy perdiendo un montón de cosas que no me interesan nada”. Amén.

Si seguimos con los aforismos, mi gran descubrimiento de los últimos tiempos ha sido Ramón Eder. Ironías (Renacimiento, 2016) reúne varios de sus libros, y casi me atraganto con su lectura, no podía parar. Una sabiduría muy del norte, brumosa y profunda. Ejemplos:
“También es cursi tener miedo a ser cursi”
“Hay problemas que solo se pueden resolver dando paseos prolongados”
“No valorar las cosas buenas de la vida es un tipo de estupidez”
“Las comilonas ruidosas en grupo hacen añorar la ensalada y el silencio”

Relaciono, por algún motivo, a Ramón Eder con Karmelo Iribarren y con Roger Wolfe. De este último acabo de leer uno de sus primeros libros y me ha supuesto una ligera decepción. Todos los monos del mundo (Renacimiento, 1995) está lejos de la sensación de cercanía que me ha dejado su autor en otros libros parecidos (diarios, dietarios, o como se llamen…). Creo que por el momento vital en que fueron escritos, destila una rabia y una mala leche que no acaba de funcionar, o al menos no para mí en este momento. Aún así, se lee estupendamente, pero, si no fuese porque ya he leído otros libros suyos fabulosos, creo que no me interesaría en exceso por él. Más recomendables, además de su poesía: Oigo girar los motores de la muerte (DVD, 2002) y Tiempos muertos (Huacanamo, 2009).

Vayamos un ratito a México: Las alusiones perdidas (Anagrama, 2007) de Carlos Monsiváis es el discurso que pronunció en la FIL el año anterior. Como dijo Octavio Paz, Carlos Monsiváis es un género literario. Este discurso es una maravilla, un ejemplo de algo que se ha perdido: el intelectual total. Aquel que a un profundo conocimiento de la “alta” y la “baja” cultura (suponiendo que existan) sumaba un compromiso ético y político alejado de etiquetas. Un escritor al que admiro profundamente, y cuyos textos que me hacen añorar a ese país que ha sido tan importante en mi educación vital y sentimental.

Casi termino con esta entretenida (pero poco más) actualización de las aventuras de Los cinco a la España actual (con guiños al revival ochentero al que asistimos sin tregua). Los cinco superdetectives. Aquí no bebíamos cerveza de jengibre (Martínez Roca, 2018) de Noel Ceballos y El Hematocrítico es una divertida aventura de un supuesto exgrupo de exadolescentes que en los 80 resolvieron una serie de casos en la sierra madrileña y se reúnen, cuarentones ya, cuando uno de los suyos es secuestrado. Se lee casi tan rápido como se olvida. Y lo digo con la mejor intención.

Ahora sí, termino esta etapa (al menos, de momento) con la joya de la corona: la última novela de Santiago Lorenzo, Los asquerosos (Blackie Books, 2018). Probablemente la mejor de las suyas. Probablemente la mejor novela española de este año. De esta década. En serio, no exagero. Santiago Lorenzo es un lujo que no nos merecemos. Una bendita anomalía en nuestras letras. Un tipo que va por libre. Un alarde de lucidez. Un atleta del lenguaje. Un bisturí afilado y un poco oxidado. Un oasis. El mejor modo de acabar.

Anuncios

Un comentario en “DIARIO DE LECTURAS #21

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s