DIARIO DE LECTURAS (12)

IMG_20180502_172730

Todos los libros que traigo esta vez son muy, muy breves. La mayoría los he leído en un dia. Los más largos, en dos o tres… intentaré que los comentarios también lo sean, aunque no prometo nada.

No me interesa demasiado el feminismo. En realidad, siento cierto rechazo hacia ese feminismo, digamos, oficial, que me parece superficial, vacío y divisor. Es una opinión personal, probablemente con poco fundamento, pero no me preocupa en exceso. Sin embargo, como en cualquier tema, hay nombres por los que siento una profunda admiración y simpatía, y en el caso del pensamiento feminista uno de ellos es el de Camille Paglia. En este brevísimo Feminismo pasado y presente (Turner, 2018) se reúnen 5 conferencias y artículos de la Paglia que sirven para hacerse una imagen de sus polémicos puntos de vista, muy alejados del pensamiento oficial, donde como ella misma afirma, pretende “librar el feminismo de las propias feministas”. Para Paglia no todos los males del mundo son culpa del maléfico patriarcado capitalista y colonial; de hecho el capitalismo, afirma, ha hecho bastante más por la emancipación de la mujer que otros sistemas económicos y políticos con preocupaciones supuestamente más sociales. Tampoco está de acuerdo en los sistemas de cuotas, que implícitamente hacen de las mujeres seres menos capaces que el hombre, y a quienes hay que proteger por tanto de manera especial. Se queja también, y la secundo, de esa postura paranoica que rechaza la belleza y ve en cualquier anuncio donde salga una mujer guapa un ataque machista o un símbolo de sumisión. No estoy de acuerdo en todo lo que dice pero sí me siento mucho más cerca de sus posiciones que de las del 90% de textos y consignas feministas que he leído y escuchado en los últimos tiempos, y además todo lo que dice lo argumenta y lo defiende de manera inteligente. Por una vez tengo que decir que lamento que un libro sea tan corto.

También es corto, pero en este caso de extensión perfecta, Catherine (Blackie Books, 2014), primer libro que leo del Premio Nobel Patrick Modiano. Es el maravilloso retrato de una niña que quiere ser bailarina y que tiene la suerte de llevar gafas, ya que así puede acceder a dos mundos, uno nítido y otro borroso según las lleve o no puestas… Con ilustraciones de Sempé, es un cuento estupendo para niños y adultos. Se lee en un rato (como todas las lecturas que traigo hoy), y lo que más me ha gustado ha sido la experiencia de leerlo con Conchi, en voz alta entre una estación y un vagón de tren, como tendrían que leerse todos los libros.

Igual que Patrick Modiano, también Octavio Paz recibió el Nobel de Literatura, y es curioso, porque en este luminoso acercamiento de Carlos Monsiváis a su obra, Adonde yo soy tú somos nosotros (Raya en el agua, 2014), no se nombra ni una sola vez el premio. Ni falta que hace. Paz es uno de los escritores por los que más admiración siento. Representa el intelectual total. Ensayista y poeta, crítico y traductor, su obra oscila siempre entre el diálogo con el pasado (los clásicos europeos, la América precolombina, el pensamiento oriental) y el compromiso con el presente. Monsiváis, el mexicano que más y mejor escribió sobre México, rememora la vida y obra de Paz, desde el conocimiento y la admiración. Tenía pendiente de leer este libro desde que me lo trajeron hace un par de años de México y ha valido la pena la espera. Ahora era el momento de hacerlo.

Seguramente Octavio Paz, que dedicó estudios y traducciones a distintos poetas de la India, China y Japón, conocía estos Pensamientos desde mi cabaña (Errata naturae, 2018), de Kamo No Chomei. Chomei fue un monje que, a principios del siglo XIII, dejó todo y se construyó una pequeña cabaña en la que apenas cabía nada más que él, para escribir, meditar, cantar y vivir en contacto con la naturaleza. En estas pocas páginas reflexiona sobre la fugacidad de la vida, la banalidad de las posesiones materiales, etc. Todo muy japonés. Se te queda la mente más limpia y fresca tras leerlo.

No de cabañas, pero sí de casas, de arquitectura, de diseño habla Carlos Salazar Fraile en Lo que oculta un arquitecto (Newcastle, 2017). Es de esos libros que solo por el título ya te hace querer leerlo… Salazar, a quien no conocía, habla de arquitectura y de vivienda pero desde unos puntos de vista muy interesantes y distintos a lo habitual. No es un libro que te cambie la vida, pero pasas un buen rato leyéndolo.

El alma del rostro (Siruela, 2006), de Tullio Pericoli es un libro raro y muy, muy recomendable. Pericoli, retratista italiano, plantea aquí unas reflexiones muy curiosas y agudas sobre los rostros de la gente, tras muchos años de estudiarlos y dibujarlos. Con la excusa de dibujar el rostro de Samuel Beckett (el más bello del siglo XX, según el autor), nos da claves para descifrar qué dicen los rasgos, las expresiones de la gente, y cómo desde su oficio se ha dedicado a ponerlas sobre papel.

No sé si se puede considerar un libro este pequeño casi fanzine de Azorín (un fanzine de Azorín, me gusta cómo suena). Dos cuentos policíacos (Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert, 2017) es un pequeño cuaderno conmemorativo que reúne dos rarezas de un autor que seguramente fue mucho más ecléctico de lo que pensamos (hasta escribió ciencia ficción). No pasarán a la historia del género, pero me han resultado encantadores ambos.

Por último, El ruletista (Impedimenta, 2017), del rumano Mircea Cartarescu. Un relato fabuloso, perfecto, que funciona como una bomba de relojería. En menos de 60 páginas, Cartarescu nos narra una fábula perfecta sobre la suerte y el destino, la vida y la muerte, el riesgo y el morbo. El tópico de ‘no puedo soltar el libro’ se cumple aquí de manera extrema.

Y ya me he extendido más de lo deseable. Es un buen momento de dejarlo por hoy.

Anuncios

DIARIO DE LECTURAS (09)

IMG_20180320_101315

Poco nuevo que decir de Miguel Noguera. Su último libro, Clon de Kant (Blackie Books, 2018), es más de lo mismo. Es decir, es una absoluta obra maestra del humor más bizarro y delirante. De la poquísima gente que consigue hacerme reír a carcajadas. Eso sí, en libro mucho más que en directo. No todo el mundo tiene la suerte de ser capaz de entrar en su universo, pero si eres uno de los elegidos, nunca vas a poder dejar de disfrutar con sus cientos de ideas, a cual más absurda y extravagante. No estoy muy al día, ni me interesan especialmente, las nuevas corrientes humorísticas (el posthumor y todo eso). Ni me avergüenzo ni me enorgullezco de ello, pero hasta ahora no me ha pedido el cuerpo dedicar una hora de mi tiempo a escuchar La vida moderna, a leer la revista Mongolia, ni a buscar en youtube los vídeos de Venga Monjas. Conozco, pero no me apasiona, el humor de La hora chanante y derivados. Nacho Vigalondo tiene talento, pero me deja siempre la incómoda sensación de que se cree más listo que nadie… pero Noguera, amigos, es otra historia. Salvaje, refinado, brillante y brutal, su (creo que) sexto libro con Blackie es lo de siempre pero en formato más grande… se me cae la baba.

Se me cae la baba también con los dibujos de Milo Manara. No he leído muchos tebeos suyos, pero es uno de los grandes artistas de la historia del cómic. Creo que no está bien visto por las inquisidoras, por el tema de la hipersexualización del cuerpo femenino, blablabla (he leído que hace poco lograron censurar una portada suya para Spider-Woman), pero creo que cualquiera con un poco de alegría, sensibilidad y sentido del humor ha de quedar fascinado por sus dibujos (las historias, a veces, se quedan un poco atrás). Gulliveriana (Norma, 1996) es, por supuesto, una relectura de la sátira de Swift (que, por cierto, no he leído) con unos dibujos exquisitos, y un guion maravilloso, divertido y muy erótico.

Hablando de sexo, acabo de terminar, más de dos meses después de comenzarlo, El otro Hollywood, ‘una historia oral y sin censurar de la industria del cine porno’ (norteamericano, habría que aclarar), de Legs McNeil y Jennifer Osborne (Es Pop, 2008). No hace falta que te interese especialmente el tema (a mí me interesan solo algunas de sus épocas, algunos de sus protagonistas) para disfrutar, por un lado de la titánica labor de recopilación y ordenación del material y por otro de las fascinantes (en muchos sentidos, para mal) historias que podemos leer. El libro, de casi 700 páginas, se articula en torno a las declaraciones en primera persona de decenas de los implicados. Comienza en los 50 y primeros 60, con los nudies de Dave Friedman y las pin-ups fotografiadas por Bunny Yeager, y termina en los 90, con el estallido del SIDA y el enterramiento definitivo del cine a manos de la industria del vídeo. Todo el mundo aporta su punto de vista aquí: de Linda Lovelace a Traci Lords, de los hermanos Mitchell a John Stagliano, de actrices y directores a periodistas y agentes del FBI. Una narración fabulosa, fantásticamente editada, como todo lo que publica Es Pop.

Cambiando bastante de tercio, El futuro de la humanidad (Edhasa, 1987) recoge dos diálogos entre el maestro espiritual Krishnamurti y el físico David Bohm. El contenido del libro me ha interesado, pero lo que me ha fascinado de esta lectura han sido las anotaciones casi compulsivas del anterior propietario, alguien recientemente fallecido a quien no conocí, con una biblioteca verdaderamente particular, y de la cual una decena de libros llenos de notas personales ha caído hace poco en mis manos. Espero que en un futuro, cuando yo no esté, alguien se sienta atraído por lo que quede de mi biblioteca y se pregunte quién sería ese extraño tipo que mezclaba una historia del cine porno con las conversaciones filosóficas entre un gurú indio y un científico británico.

De Fleur Jaeggy no sabía nada hasta hace unos meses. El extraño nombre, la brevedad de sus libros, una recomendación encarecida y el descubrir que había colaborado en algún disco de Franco Battiato, me abrieron el apetito. Los hermosos años del castigo (Tusquets, 2018), publicado originalmente en 1989, es el primer libro suyo que leo. No sé si novela o autobiografía, la narradora rememora sus años adolescentes en un internado suizo. Todo muy frío y muy intenso, muy gélido, muy ‘de los Alpes’. Los internados son siempre un buen escenario para una novela o una película. Independientemente de lo que suceda en ellos, dejan siempre una sensación de soledad, de sufrimiento, de irrealidad. Jaeggy, con su aspecto a la vez de duende simpático y de terrible gobernanta, nos ofrece un libro de los que me gustan, de esos que, como dice Joseph Brodsky en el texto de la contraportada, su lectura dura cuatro horas pero su recuerdo toda la vida.

No sé si toda la vida, pero son ya muchos años siendo fan absoluto de Luis Alberto de Cuenca. En este volumen publicado hace unos meses se recogen tres poemarios de su período más oscuro: Elsinore, Scholia, Necrofilia (Reino de Cordelia, 2017), que fueron publicados en 1972, 1978 y 1983 respectivamente. Forman, junto con Los retratos (1971), la primera etapa del autor, la más culturalista y cercana a eso que la crítica llamó, de manera un poco artificial, los novísimos, y que es, todo hay que decirlo, la etapa que menos me interesa del autor. A partir de La caja de plata (1985), De Cuenca apostó por la línea clara, regalándonos hasta hoy una decena de poemarios fabulosos. Pero a lo que íbamos, este libro, con un extenso estudio preliminar de 120 páginas, nos permite leer de una manera rigurosa, completa y contextualizada estas primeras obras que el poeta dedicó a Rita Macau, su exnovia, fallecida en accidente de coche con apenas veinte años y cuyo recuerdo se ha mantenido vivo hasta hoy a través de los poemas que no ha dejado de dedicarle (“Leer a William Shakespeare y conocer a Rita / han sido los dos hechos cruciales de mi vida”, escribió en un poema publicado cuarenta años después de su muerte).

Para complementar esta lectura he releído El otro sueño (Renacimiento, 1987), uno de mis libros favoritos del autor, ese que finaliza con el luminoso poema titulado

LA FIESTA

Todo está preparado: las antorchas humanas,
el caviar, el salmón, la coca, los faquires,
la naumaquia, el desfile de misses alienígenas,
los viajes a la luna con Cyrano y Münchhausen,
la pelea entre fieros hologramas desnudos,
la jaula con Spiderman y Hulka entrelazados,
todas las atracciones que apetece ver juntas.
Y tú estás a mi lado, y contigo sí tiene
sentido divertirse. ¡Que suenen las trompetas
y comience la fiesta que acabo de soñar!

DIARIO DE LECTURAS (08)

IMG_20180305_092446

En la entrada anterior hablé bastante de Andrés Ibáñez. He tenido la suerte de conocerle y escucharle este fin de semana, y ha sido una experiencia de lo más agradable y satisfactoria. Su último libro, Construir un alma (Galaxia Gutenberg, 2018), está a caballo entre el manual de meditación y la crónica de vivencias personales. Andrés Ibáñez lleva décadas profundizando en un aprendizaje espiritual a través del yoga, la meditación, el Cuarto Camino y las enseñanzas chamánicas americanas. En este libro, seguramente el más personal de todos los suyos (y todos lo son, y lo son bastante) comparte sus experiencias, nos ofrece decenas de técnicas de meditación y propone una tesis realmente jugosa (no la comparto necesariamente, pero me parece muy digna de tener en cuenta): el próximo paso evolutivo de la humanidad va a tener que venir a través de la meditación, y del cambio y ampliación de la percepción que esta conlleva. Demostrado sobradamente que ni la filosofía, ni la religión, ni la política han conseguido una evolución y una mejora en la Humanidad (o, al menos, hace tiempo que dejaron de hacerlo), el despertar de la conciencia que surge de la experiencia íntima y profunda de la meditación será el siguiente paso de evolución del ser humano.

IMG_20180305_085441

Hablando de expandir y despertar conciencias, el gran Luis Racionero nos contaba hace 30 años en estas fabulosas Memorias de California (Mondadori, 1988) sus experiencias en Berkeley en el 68. Es este un libro divertidísimo, donde cuenta el choque cultural y el descubrimiento de la vida protagonizado por él mismo, pequeñoburgués hirsuto que, procedente de la gris España de los 60, aterriza en pleno 68 en una California por donde pululaban en su salsa todo tipo de gurús, poetas, sabios, farsantes y demás seres fabulosos como Alan Watts, Timothy Leary, Allen Ginsberg o Angela Davis. Allí descubre en unos meses centenares de personas, libros, sustancias y filosofías que le cambiarían la vida para siempre. De Carlos Castaneda a Lao Tse, del I Ching al LSD, todo ello narrado con la ironía y el sentido del humor (a veces encantadoramente trasnochado) propios de Racionero, uno de esos tipos a los que me encantaría llegar a conocer alguna vez en persona.

A quien ya no conoceré es a Roberto Bolaño pero lo pienso ir descubriendo poco a poco, sin ninguna prisa, a través de sus libros. Ya he escrito en alguna ocasión que me echa un poco para atrás la mitificación a que ha sido sometido tras su muerte, pero supongo que eso no es culpa suya y no tiene que empañar la lectura de sus obras. Una novelita lumpen (Anagrama, 2013) se lee, literalmente, en un rato. No es ninguna obra maestra pero es encantadoramente breve, está muy bien escrita y acabo de descubrir que existe una versión cinematográfica protagonizada por uno de mis actores fetiche, el gran (en todos los sentidos) Rutger Hauer. No se me ocurre mejor destino para una obra literaria que acabar siendo protagonizada por este mito del eurocine más extraño.

Extraños son, y mucho, los cuentos del mexicano Francisco Tario. La noche (Atalanta, 2012) contiene íntegro el libro del mismo título, publicado originalmente en 1944, así como otros relatos extraídos de Tapioca Inn: mansión para fantasmas (1952) y Una violeta de más (1968), su último libro. De padres españoles, exfutbolista y vecino de Octavio Paz (circunstancias que no es que aporten nada especial a su obra, pero me gusta nombrarlas), sus cuentos están plagados de fantasmas y premoniciones. Se desarrollan en una atmósfera onírica y extraña, a veces grotesca. En sus relatos los objetos tienen alma, y muchas veces voz propia, los fantasmas son tristes y los sueños tan reales como la vigilia. Me recuerdan mucho a otros dos compañeros de generación, como Felisberto Hernández y Julio Cortázar. No todos sus cuentos tienen la misma calidad, pero hay 3 o 4 (por ejemplo “La noche de Margaret Rose” o “El mico”) que se podrían incluir sin temor en cualquier antología de literatura extraña.

No me atraen en exceso las lecturas muy extensas, y estos días he leído a dos poetas norteamericanos cuyas obras tiene dos características que valoro en la poesía: la brevedad y la sencillez. De Amy Lowell, El Jardín de Sevenels (Torremozas, 2007), y de William Carlos Williams, Poemas (Visor, 1985). De la primera me han gustado sus poemas de amor, digamos, cotidiano, así como su interés en la poesía oriental. Del segundo me encanta su extraño nombre y también esa especie de mirada también orientalizante que le hace concentrar su atención en un detalle apenas insignificante (el gato sobre la alacena, las ciruelas del desayuno…). También le agradezco, aunque él no tuviera nada que ver, el haber sido fuente de inspiración de esa maravillosa película dirigida en 2016 por Jim Jarmusch, Paterson.

El último ensayo de Blackie Books ha atrapado mi interés desde el mismo título: Contra la lectura (2018), de Mikita Brottman. El título original, The solitary vice, también lo hubiese hecho, y quizá hasta más… pero bueno, son detalles menores. En este ensayo la autora ofrece un manifiesto por una lectura libre, sin prejuicios, basada en el placer y en los gustos propios. Nada tan dañino, afirma, como leer por obligación, o leer a determinados autores solo por el hecho de que ‘hay que leerlos’, o esa absurda costumbre de colegios e institutos de dar preferencia a los autores locales (yo, por ejemplo, recuerdo haber dedicado muchas más horas a estudiar autores valencianos que europeos…). No es un estudio excesivamente profundo, y algunas conclusiones están hechas demasiado a la ligera, pero tiene la virtud (se me ocurren pocas más importantes) de pertenecer a la categoría de esos libros que se leen con una sonrisa. No es poco.

Por placer, y por ser una especie de biblia de la cultura guarra y del cine más oculto y desquiciado, leo desde hace muchos años el fanzine 2000 maníacos. Quitando los primeros números, totalmente inencontrables, puedo presumir de tener casi completa mi colección. Uno de los que me faltaban era este número, el 30, aparecido en primavera de 2004. En él tenemos entrevistas con gigantes como Antonio Escohotado, Miguel Ángel Martín o Screamin’ Mad George, artículos sobre videojuegos extremos y folletines bizarros, críticas de películas inencontrables y un buen número de páginas de un dossier dedicado al cine porno norteamericano de los 70, todo ello encabezado por una de las mejores portadas del fanzine, con la inquietante Vanessa del Rio en inequívoca pose…

La última de mis lecturas de estos días viene a completar el universo del Caballero oscuro al que hice referencia en la entrada anterior. Se trata de El regreso del caballero oscuro: La última cruzada (ECC, 2016), de Frank Miller y Brian Azzarello, con dibujo de John Romita Jr. Está ambientado unos años antes de la historia que cuenta El regreso del caballero oscuro (que debería volver a leer… ya que apenas recuerdo la historia) y narra un oscuro y crucial episodio protagonizado por Batman, Robin y Joker. Aunque supongo que no está a la altura de los grandes cómics de Batman, a mí, que no soy ningún experto, me ha parecido un episodio estupendo, con un dibujo muy clásico y efectivo, y un guion que profundiza en varios aspectos que me interesan bastante de estos personajes.

DIARIO DE LECTURAS (06)

IMG_20180126_094241

El gato encerrado (Pre-textos, 2010) de Andrés Trapiello es lo mejor que he leído en meses, tal vez en años. Así de claro. Primer tomo de su Salón de pasos perdidos, ese monumental proyecto que ya lleva más de veinte volúmenes, recoge las anotaciones personales del autor durante el año 87. No es exactamente un diario, mucho menos una novela. Trapiello es capaz de tomar un material tan común como su día a día (sus paseos, sus lecturas, su familia, sus obligaciones) y, con una mirada inteligente, serena y reflexiva, hacer el milagro de ofrecernos unas páginas llenas de vida. Cada pocos párrafos he marcado, he subrayado algo, y he terminado el libro con la seguridad de que, poco a poco, voy a ir sumergiéndome en el resto de volúmenes de esta obra.

He complementado esta lectura con un breve poemario del mismo autor, El gorrión y sus cómplices (Pre-textos, 2004). No es el Trapiello que prefiero, pero reconozco que tiene su mérito escribir hoy día poemas sobre pájaros y que el resultado sea tan profundo y delicado como este. A los que, como yo, tristes urbanitas, no sabemos distinguir un gorrión de un ruiseñor, nos produce envidia y admiración el conocimiento y sensibilidad que despliega Andrés Trapiello en estas páginas.

Siguiendo con estas obras que no son ni autobiografía ni ficción sino todo lo contrario, he empezado un libro con uno de los títulos más bonitos que puedo imaginar: Inventario de lugares propicios para la felicidad (Newcastle, 2016), de José Luis García Martín… y la verdad es que ha supuesto una gran decepción. El autor (o el narrador del libro, que tiene pinta de ser la misma persona, aunque quién sabe…) se dedica principalmente a mostrarnos lo mucho que viaja, lo culto que es, la cantidad de aventuras sexuales que ha tenido durante su vida… el libro, bastante breve, lo he dejado por la mitad. No digo que sea un mal escritor, pero es flojito y, sobre todo, me estaba resultando bastante antipático… quizá en otro momento lo coja con más ganas.

Unos días antes que los diarios y anotaciones de Trapiello leía también los ‘pecios reunidos’ de Rafael Sánchez Ferlosio, Campo de retamas (Debolsillo, 2016) y, aunque no puedo negar la brillantez en muchos aspectos de las palabras y el pensamiento de Ferlosio… tengo que decir que en más del 80% de las páginas su pedantería me ha resultado insoportable. Es curioso, porque hace un año leí Vendrán más años malos y nos harán más ciegos, libro que está incluido aquí casi íntegramente, y me deslumbró la lucidez del autor, pero ahora mismo, al releer muchas de estas páginas… como que no, demasiados fuegos artificiales. No hay por qué comparar, pero si ponemos en un lado a Trapiello y en otro a Ferlosio… no hay color.

La obra ensayística de Ferlosio se ha encargado de recopilarla Ignacio Echeverría, que es precisamente quien también se encargó (y lo sigue haciendo) de poner orden a la cantidad de obra inédita que dejó Roberto Bolaño al morir. Jorge Herralde, el editor que sacó prácticamente toda su obra, publicó al poco de morir el chileno este breve librito titulado, precisamente, Para Roberto Bolaño (Acantilado, 2005). Reúne aquí varios textos y entrevistas escritos después de su fallecimiento. No seré yo quien ponga en duda el talento de Bolaño (solo he leído tres libros suyos: dos medianos, uno fabuloso) pero cansa un poco el hincapié de Herralde en la genialidad del autor… Reconozco que me parece un escritor magnífico, pero no siento excesiva simpatía por su persona. En cualquier caso, este librito me ha servido como calentamiento para ponerme, espero que en no demasiados meses, con 2666, la supuesta obra maestra póstuma bolañiana… veremos.

Hablando de Herralde, vamos con el último Premio Herralde de Novela, Andrés Barba. República luminosa (Anagrama, 2017) es el primer libro suyo que leo, y me ha parecido estupendo. Es una novela inquietante, que trata el tema, uno de mis favoritos, de la maldad infantil. Las referencias obvias, como El señor de las moscas o ¿Quién puede matar a un niño? están muy presentes, y como ellas, toda la narración tiene un halo de extrañeza que la emparenta con esa visión del género fantástico que más me interesa. Toda una sorpresa.

Reloj sin manecillas (Seix Barral, 2017), publicada en 1961, fue la última novela que escribió la gran Carson McCullers. No he encontrado aquí la profundidad y sensibilidad que demostró en otras de sus obras, como La balada del café triste, pero se trata de la obra de una gran escritora, que condensa todos sus temas (el gótico americano, el fin de una época, las tensiones sexuales y raciales) y se lee estupendamente, hasta para los que como yo, nos cuesta horrores terminar una novela.

El último libro de esta remesa me ha parecido fabuloso. Mierda de música (Blackie Books, 2017) es, evidentemente, la secuela / respuesta a Música de mierda, el imprescindible ensayo de Carl Wilson (Blackie Books, 2016). 12 escritores y periodistas nos presentan otros tantos textos sobre el tema del buen gusto musical (aunque puede aplicarse a cualquier otra disciplina), por qué algo tan inocente como una canción está bien o mal vista en según qué ámbitos, cuánto hay en ello de gusto personal y cuánto de presión social, etc. Me quedo, aunque ninguno baja del notable alto, con los textos de Rodrigo Fresán (sobre el grandísimo Raphael, a quien acertadamente relaciona con David Lynch… y sí, tiene sentido), Paul B. Preciado (sobre el ‘mal gusto lesbiano’, Javier Blánquez (sobre Enya, la artista que vende millones de discos… pero nadie ha conocido jamás a alguien que confiese haberlo hecho) o Nacho Vegas (sobre el clasismo ‘progre’). Recomendabilísimo.

DIARIO DE LECTURAS (01)

Empiezo una nueva sección en mi blog en la que quiero ir escribiendo, cada 2 o 3 semanas, breves comentarios de las lecturas que vaya haciendo en el intervalo. La voy a titular, como el primero de los libros que comento, Diario de lecturas.

IMG_20171113_095046_vintage_rec

Los libros que hablan sobre otros libros siempre despiertan mi interés, y estos días he leído dos de ellos de dos autores cuya obra casi siempre se ha estructurado en torno a la lectura y los libros de los demás. Son Alberto Manguel, con su Diario de lecturas (Alianza, 2007) y Jesús Marchamalo con Tocar los libros (Fórcola, 2016). El primero elige releer durante doce meses, entre 2002 y 2003, doce de los libros que más le han marcado en su vida, y en torno a ellos construye un dietario lleno de reflexiones, recuerdos, pensamientos, asociaciones… la edición es preciosa, llena de fotografías intercaladas en el texto, y no me resisto a escribir aquí el listado de los libros elegidos por Manguel (de los que, todo hay que decirlo, solo he leído dos):
– Adolfo Bioy Casares: La invención de Morel
– Herbert G. Wells: La isla del Dr. Moreau
– Rudyard Kipling: Kim
– Chateaubriand: Memorias de ultratumba
– Arthur Conan Doyle: El signo de los cuatro
– Johann W. Goethe: Las afinidades electivas
– Kenneth Grahame: El viento en los sauces
– Miguel de Cervantes: Don Quijote de la Mancha
– Dino Buzzati: El desierto de los tártaros
– Sei Shonagon: El libro de la almohada
– Margaret Atwood: Resurgir
– Joaquim M. Machado de Assis: Memorias póstumas de Blas Cubas

Respecto al de Marchamalo, es un libro delicioso que habla del amor a los libros como objeto material y las satisfacciones y quebraderos de cabeza que nos dan a los que no sabemos hacer otra cosa que rodearnos de ellos. El autor nos habla, a través de sus experiencias y de las de otros escritores, de varias cuestiones: cómo ordenarlos, dónde colocarlos, cómo deshacernos de ellos llegado el caso… Tiene además una virtud que es una de mis debilidades: es tan breve y ameno que se lee en un rato.

También en un rato (de hecho, leí los dos la misma tarde) se lee el Breve manual del perfecto aventurero (Jus, 2017), de Pierre Mac Orlan, publicado por primera vez hace casi 100 años, en 1920. Desconozco el resto de obras del autor, pero este manual es una delicia. En él Mac Orlan distingue entre el aventurero activo (el que se sube a un barco y se juega la vida) del aventurero pasivo, con una existencia mucho más confortable, que se dedica a leer, escribir y soñar con las aventuras y peligros que viven los anteriores. Yo pertenezco al segundo grupo, y la verdad es que me gusta…

Una mezcla entre ambos tipos de aventurero puede ser Emmanuel Carrère, que en Calais (Anagrama, 2017) viaja a esta ciudad francesa, donde el Eurotúnel, los campos de refugiados y el desmantelamiento de la industria han convertido el presente y futuro del lugar en uno de los más difíciles de Francia y de toda Europa, visitado continuamente además por periodistas, cooperantes de aire cool y famosos cineastas o escritores. Carrère, consciente de sus limitaciones -no como escritor, sino como intruso que solo puede pasar allí 15 días- redacta un texto fabuloso que me deja con ganas de leer próximamente el volumen de ensayos que acaba de publicar también en Anagrama.

De reportajes y memorias va también La mala fama (Berenice, 2017), de Germán Posse. Son 16 capítulos en los que otros tantos “supervivientes” de ese mitificado (puede que con razón) Madrid de los 80 desgranan sus recuerdos. Algunas de estas semblanzas ya aparecieron -y aún pueden leerse- en la versión digital de la revista El estado mental. En ellas Posse recoge testimonios, los ordena y los redacta respetando la narración en primera persona de cada invitado. Uno de los mayores logros del libro (que, a mi entender, son muchos) es la elección de los nombres… huye de manera consciente de las figuras más mediáticas y tópicas de la época y se centra en esa cara b, casi siempre más interesante y menos vista que las primeras figuras.

Mala fama, en el mejor sentido, es también lo que tiene el fanzine 2000 maniacos, que acaba de sacar su número 50, y que, con casi 30 años, es el más longevo de toda Europa, y una de mis debilidades desde hace años… Entrevista con Fernando Esteso, artículos sobre cine de cheerleaders, directoras de terror, Jesús Palacios rindiéndose merecidamente una vez más a las pezuñas de la editorial Valdemar, los tebeos del Inspector Dan, fotonovelas italianas eróticas de los 80, juegos de mesa de Cefa y mil cosas más, siempre con el diseño lleno de colorines y fotos que tanto me gusta.

Casi todo lo que nos ofrece Blackie Books hay que tenerlo en cuenta… aunque no siempre es oro todo lo que reluce. El segundo libro de Ian Svenonius, Te están robando el alma: Contra Ikea, Apple, Wikipedia, el rock corporativo y la depilación púbica (Blackie Books, 2017), promete más de lo que da. Promete mucho, desde el propio subtítulo, y ofrece una lectura rápida y en ocasiones absorbente, pero al final la sensación que me queda es agridulce. Es fascinante la cantidad de información que maneja Svenonius, pero a veces se hace cansino ese afán de encontrar conspiraciones debajo de las piedras… en cualquier caso, me quedo con intención de seguir su pista en futuros libros.

No conocía más que de nombre a Fabián Casas, escritor argentino que al parecer cultiva la poesía, la ficción y el ensayo. Por casualidad cayó hace unas semanas en mis manos este volumen de relatos, Los lemmings y otros (Alpha Decay, 2011), y me ha dejado noqueado. Es, con diferencia, de lo más fresco que he leído en mucho tiempo. Los relatos, que tienen toda la pinta de tener gran carga autobiográfica, se desarrollan todos en el barrio de Boedo, donde Casas nació en 1965. Los personajes aparecen y desaparecen y al terminarlo no sé si he leído un conjunto de cuentos, una novela o una colección de recuerdos del autor. Da igual una cosa que otra, lo importante es que es uno de esos nombres a los que espero volver de vez en cuando.

Por último, llevaba tiempo queriendo leer este poemario y por fin lo he podido hacer durante estos días. Julio Martínez Mesanza es un poeta no demasiado conocido pero por el que siento un gran interés. Con 4 o 5 libros publicados en los últimos 30 años, Gloria (Rialp, 2016) es su última publicación. Sigue con sus endecasílabos blancos, que tanto me gustan, y con sus evocaciones históricas de batallas, guerras y exploraciones, pero en esta ocasión he sentido una mayor cantidad de poemas, no sé cómo decirlo, más íntimos, que miran más hacia el interior y menos hacia el paisaje de fuera. Por este libro acaba de recibir el Premio Nacional de Poesía, y, sin saber cuáles eran el resto de candidatos, estoy seguro de que se lo tiene más que merecido.