DIARIO DE LECTURAS (05)

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Llevaba tiempo queriendo hincar el diente a algún libro de Julián Ibáñez (1940), uno de los padres fundadores de la novela negra española junto con Vázquez Montalbán, Andreu Martín o Juan Madrid. Es uno de esos escritores admirados y reivindicados por sus compañeros de profesión pero no demasiado conocidos por el público (igual es una tontería, pero me parece sintomático que ni siquiera tenga entrada en wikipedia…). Con más de 20 novelas desperdigadas en un buen número de editoriales, en los últimos tiempos los madrileños Cuadernos del Laberinto le han proporcionado un hogar estable, editando sus últimos siete libros. Entre ellos destaca la serie dedicada al personaje de Bellón, cuya segunda entrega es este Todas las mujeres son peligrosas (2015). Supongo que el no haber leído la primera entrega (El viejo muere, la niña vive, 2014) hace que me pierda algunos aspectos del personaje que aquí se dan por sentados, pero a la vez me ha encantado la sensación como de entrar en un cine con la película empezada. Ibáñez conoce bien su oficio de narrador y se nota que también conoce bien los ambientes en los que se mueven sus personajes. Me gusta de él que no pretenda inventar la pólvora dando giros posmodernos al género, ni queriendo ser excesivamente original. Nos cuenta una historia clásica de una manera clásica. En estas páginas tenemos mentiras, amenazas, sospechas y palizas; prostíbulos, canódromos, bares de tercera fila y adosados de extrarradio; prostitutas, políticos corruptos, maltratadores y chivatos; y por encima de todo, el personaje de Bellón, ese portero de puticlub con buenos puños y mejor corazón. La novela es como una de esas fabulosas películas de bajo presupuesto de los 40 y 50. Me apunto el nombre de su autor, porque espero volver a él en breve.

De Eduardo Mendoza no hace falta decir demasiado. Estupendo escritor, conocido, apreciado, leído y premiado ampliamente. Solo decir que siento por él mucha simpatía, que Sin noticias de Gurb (Seix Barral, 1991) es el segundo libro suyo que leo, y que me lo he pasado estupendamente mientras lo leía. Las peripecias de un extraterrestre en la Barcelona preolímpica se devoran en apenas un par de horas y te dejan de muy buen humor.

Cambiando totalmente de tercio he leído estos días también las Cartas a un amigo alemán, de Albert Camus (Tusquets, 2014). Tengo que confesar que me han dejado una ligera sensación de decepción. Siento admiración por Camus, aunque es una especie de admiración ‘de segunda mano’, por lo que he leído sobre él, más que por lo que he leído de él. Es decir, leí de adolescente El extranjero y para de contar, pero no sé por qué siempre he sentido simpatía hacia él. Quizá se deba a que siempre se contrapone su figura a la de Sartre, por quien también, sin haber leído nada suyo, siento un rechazo considerable (rechazo también ‘de segunda mano’, por las opiniones de otros, pero en fin… tampoco voy a hacer el esfuerzo de leerlo si no me lo pide el cuerpo). Total, todo este rollo para decir que este breve libro me ha parecido un poco demagógico. En estas cartas a un ficticio amigo alemán se dedica a ensalzar el espíritu francés de lucha por la libertad y defensa de la democracia bajo la ocupación alemana… lo cual está muy bien, pero tengo tan reciente La agonía de Francia, de Chaves Nogales, donde cuenta cómo, desde su punto de vista, toda Francia se bajó los pantalones ante la invasión fascista sin apenas oponer resistencia… que no sé, no acabo de creerme a Camus…

Hace unas semanas escribí aquí mismo sobre Cristóbal Serra, de quien no sabía nada, y a quien acababa de descubrir. Las líneas de mi vida (Bitzoc, 2000) es el primer libro suyo que leo. Más que unas memorias son unas notas dispersas sobre distintos momentos de su vida, haciendo especial hincapié en sus lecturas y su escritura, que al fin y al cabo es lo que importa en un escritor. Creo que este tipo de libros (memorias, diarios, recuerdos, autobiografías…) son siempre los que más me interesan, especialmente cuando puedo sentir algún punto en común con el autor. En este caso, la dedicación a la lectura, la pereza hacia una vida social excesiva y la atracción hacia ciertos temas digamos místicos o espirituales me han acercado bastante a Serra. También he de reconocer, ya que esto no tiene por qué leerlo nadie más que yo, que aunque me lo leí de una sentada en una noche, disfrutándolo mucho, apenas recuerdo nada de las 180 páginas…

Los dos volúmenes de memorias que he leído de Luis Racionero me parecieron memorables (Sobrevivir a un gran amor, seis veces, 2009 y Memorias de un liberal psicodélico, 2011). Especialmente el último de esos dos libros me descubrió a un tipo maravilloso, culto, divertido, culturalmente inquieto y muy políticamente incorrecto (esto por sí mismo no es ni bueno ni malo, pero en su caso me encanta). El libro de los pequeños placeres (Styria, 2005) es uno de esos libros que se nota que han sido escritos por encargo, una especie de refrito de los temas que le interesan al autor. En un estilo deliciosamente anticuado Racionero nos habla de diferentes placeres sensuales y nos da algunas claves para disfrutarlos. Como tengo algunos sentidos (el olfato y el gusto, por ejemplo) más bien abotargados algunas cosas me suenan a chino, pero no me importa. Como siempre en él el libro tiene una mezcla de orientalismo y ‘mediterraneidad’ muy sugerente.

De José Luis Garci ya he escrito en otra ocasión en este blog, así que no me voy a extender mucho más allá de repetir que es una de 4 o 5 personas que más han influido en mi educación cultural. De adolescente me enseñó a amar el cine y la literatura y aunque mis gustos se han alejado bastante de los suyos, su capacidad de entusiasmo y su manera de ser, tan poco cool, tan alejada de ciertos parámetros actuales, no puede resultarme más cercana. Además, y en esto sí que no me parezco, es uno de los mejores conversadores que he escuchado nunca. Como curiosidad, estoy seguro de que soy de las pocas personas que tienen, no solo sus muchos libros sobre cine, sino también sus 4 libros primerizos dedicados a la ciencia ficción (Bibidibabidibu, 1970; Ray Bradbury, humanista del futuro, 1971; Adam Blake, 1972; La Gioconda está triste, 1976). Su último libro, Apuntes en el aire (Notorious, 2017), recoge las intervenciones que hizo en el programa radiofónico Cowboys de medianoche hablando, como siempre hace, de algunas de sus películas favoritas: King Kong, Detour, Deliverance, En un lugar solitario, El apartamento, Plácido…. y así hasta 25 obras maestras del cine. Para mi vena fetichista, aunque este no es su mejor libro, sí es el único que tengo dedicado por él.

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Termino con un ilustrador alicantino a quien acabo de conocer, Ángel A. Svoboda, quien ha publicado un estupendo libro escrito e ilustrado por él mismo en el que rinde tributo a 23 escritores ‘de culto’ o ‘malditos’, o como queramos llamarles. Por las páginas de Damned Writers (Bululú, 2017) nos encontramos con gente tan interesante como Wilde, Lovecraft, Horacio Quiroga o las hermanas Brontë. El autor nos los presenta en unos pocos párrafos, pero la parte fuerte del libro son las ilustraciones, donde con pocos elementos ha sabido condensar perfectamente la esencia de cada uno de ellos.

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