DIARIO DE LECTURAS (16)

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A veces da vértigo revisar fechas. Si pienso en el momento en que descubrí la rumba, probablemente el género musical al que más fiel he sido, veo que ha pasado exactamente la mitad de mi vida, es decir 18 años… En ese tiempo el panorama ha cambiado mucho. De ser considerada, en el mejor de los casos, como un género menor, una anécdota sin importancia, una curiosidad para turistas y poco más, se ha pasado a una reivindicación apasionada y razonada de la que puede considerarse quizá nuestra más auténtica música pop: música urbana, ligera y bailable que bebe tanto del flamenco como de los ritmos tropicales o el rocanrol primigenio. A estas alturas no hace falta insistir mucho en ello, y está bastante claro que Peret, Los Amaya, Bambino o Las Grecas (por citar ejemplos muy diversos) son figuras fundamentales de nuestra historia musical. Txarly Brown, uno de los principales profetas de la religión rumbera, publicó hace unos años este fabuloso Achilibook. Biografía gráfica de la Rumba en España 1961-1995 (Milenio, 2013) en el que, además de una jugosa introducción y biografías de los artistas más representativos, nos ofrece más de mil carátulas de vinilos rumberos ordenadas cronológicamente, que sirven para poner algo de orden en el caos y para reivindicar la parte gráfica, con unos diseños que van de lo excelso a lo abominable (y, muchas veces, en lo más abominable encontramos precisamente la mayor excelsitud).

Mientras en una Barcelona gitana y mestiza surgían y brillaban las estrellas del firmamento rumbero, en otra parte de la ciudad desfilaban otras figuras más cercanas al jipismo, a la contracultura, a la disidencia política o a las vanguardias artísticas. Pau Malvido (seudónimo de Pau Maragall, hermano del alcalde Pasqual Maragall), que vivió todo ello en primera persona, escribió unas crónicas en los últimos 70 que fueron publicadas por la revista STAR. Nosotros los malditos (Anagrama, 2004) recoge dichas crónicas y algunos textos adicionales, como esas entrevistas sin desperdicio a Pau Riba o a Víctor Jou (propietario de la sala Zeleste). Conocí este libro, como tantas cosas en las últimas semanas, gracias a Jordi Costa. Su Cómo acabar con la contracultura sigue dando frutos…

Me da la impresión de que mis últimas lecturas me van iluminando y dando pistas para guiarme por esa Otra Historia de España que tanto me ha interesado siempre. El siguiente libro, Valle-Inclán y el insólito caso del hombre con rayos X en los ojos (La Felguera, 2014), tiene una única pega: lo engañoso del título. Y es que el protagonismo del barbudo modernista en esta historia es anecdótico… El libro -uno de esos fabulosos collages de texto e imágenes a los que nos tiene acostumbrados la editorial madrileña- recoge la historia de Argamasilla, supuesto médium que en los años 20 realizó una serie de inequívocas demostraciones de su poder: era capaz de ver a través de los objetos, leyendo mensajes previamente introducidos en cajas cerradas. El país se dividió entre detractores y defensores del vidente (uno de estos últimos, Valle-Inclán), y todo parecía ir bien hasta que se topó con el mismísimo Houdini, el famoso escapista experto en desmantelar a farsantes que hacían pasar por poderes sobrenaturales lo que no eran más que trucos de feria… El libro entero es una delicia. Además de la introducción de la gran Grace Morales, y de un texto largo, erudito y divertido de Ramón Mayrata, contiene numerosa documentación de la época, y nos teletransporta a aquellos años 20 en los que todo parecía posible.

He estado leyendo también estas semanas los dos últimos números, el 8 y el 9, de Agente Provocador (La Felguera, 2018). Como siempre, un impagable desfile de otredades y rarezas: ovnis franquistas, brujas mexicanas, anarquismo parisino, arte extremo, bohemia madrileña, leyendas bolivianas…

Y por último, una novela archiconocida que me ha sorprendido mucho, y para bien. Carrie (Plaza & Janés, 1991), de Stephen King. Un autor tan prolífico imagino que tendrá de todo, pero tengo que reconocer que, de los cuatro libros suyos que he leído, tres me han parecido estupendos y uno bastante interesante. Ya quisieran muchos escritores reconocidos que pudiera decir eso de ellos… Total, que como decía, Carrie me ha encantado, sobre todo la primera mitad. No hay que leerla como una novela de terror. Mejor dicho, sí que es una novela de terror puro, pero donde la propia Carrie es la víctima y su fanática madre y sus crueles compañeras de colegio son las auténticas causantes de la tragedia… La traducción se nota algo anticuada, o directamente incorrecta (se repiten palabras como ‘telecinesia’, o ‘tapones’ en vez de tampones…) pero el libro es una delicia, con una estructura muy inteligente y efectiva (la acción avanza narrada a través de fragmentos de libros, de diarios, de prensa, de informes policiales…) y una descripción de personajes como solo un maestro como King es capaz de hacer.

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DIARIO DE LECTURAS (13)

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Sigo enfrascado y fascinado con Twin Peaks. En el descanso entre la segunda y la tercera temporada he aprovechado para devorar La historia secreta de Twin Peaks (Planeta, 2016), de Mark Frost, creador de la serie junto con David Lynch. Es un libro sorprendente e inclasificable. Simula ser el dosier encontrado en el escenario de un crimen, entregado a un agente del FBI, en el que se nos narran acontecimientos relacionados con el pueblo desde sus orígenes. A la vez que nos sirve para profundizar en los personajes de la serie, es un fascinante recorrido por la otra historia de los Estados Unidos, en especial por la era dorada de la ufología. Junto al doctor Jacoby, los Packard, los hermanos Milford y demás fauna twinpeaksiana, encontramos personajes ‘reales’ como Richard Nixon, Jack Parsons o Ron Hubbard. Imprescindible. Y ahora, a por la tercera temporada.

Si hablamos de esa cara b de la historia norteamericana reciente, uno de los arquetipos más profundamente arraigados es el del predicador loco. Su iconografía está presente en multitud de novelas, cómics y películas (de La noche del cazador a Sangre sabia, de El fuego y la palabra a Predicador…). Por desgracia, Jim Jones no fue un personaje de ficción. Este líder espiritual llevó a la muerte más o menos voluntaria en 1978 a casi mil personas mediante el suicidio masivo más escalofriante de las últimas décadas. Jim Jones. Prodigios y milagros de un predicador apocalíptico (La Felguera, 2011) recoge el discurso que pronunció antes de morir (y de matar) y un par de ensayos sobre este tipo siniestro y carismático. Fabuloso, como todo lo que edita La Felguera.

Por poner un poco de luz ante tanta oscuridad, vuelvo a traer a William Carlos Williams, de quien escribí hace poco aquí mismo. Antología poética (Alianza, 2018) es una estupenda muestra de la poesía de prácticamente todos sus libros, exceptuando los del ciclo de Paterson. No puedo decir que me encante, pero siento un fuerte interés por el personaje y por su obra, y tengo ganas de seguir introduciéndome poco a poco en esta última.

En la ciudad líquida (Caballo de Troya, 2017), de Marta Rebón no solo es un libro imprescindible para entender las relaciones entre escritura y ciudades, sino que es también uno de los mejores libros que he leído en muchísimo tiempo. La autora, traductora al español de un buen número de autores rusos (Bulgákov, Gógol, Grossman, Nabokov, Pasternak, Tolstói…) nos trae aquí un libro de ese género híbrido, mi favorito, a caballo entre las memorias, el libro de viajes, la reflexión sobre el oficio de escribir y el de traducir y el homenaje a una serie de autores que en muchos casos tuvieron en la escritura el único reducto de libertad de sus vidas, sometidas a la barbarie estalinista. La autora nos acompaña en este recorrido por una serie de ciudades rusas, con el fantasmal San Petersburgo a la cabeza, aunque también recorremos gracias a ella Oporto, Quito o Tánger. Lo vuelvo a decir, uno de los mejores libros con que me he topado en meses.

Siguiendo con viajes y ciudades, en Mediterráneos (Anagrama, 2018) se reúnen una serie de crónicas que Rafael Chirbes escribió para la desconocida -al menos para mí- revista Sobremesa en las décadas de los 80 y 90. Son artículos sobre, evidentemente, una serie de ciudades mediterráneas (Valencia, Estambul, Venecia, Alejandría…). En mi opinión Chirbes no logra aquí la perfección de algunas de sus novelas, pero siempre es un placer pasearse por la prosa de este grandísimo autor.

Cambiando de tercio, pero sin salir de las reflexiones sobre el espacio urbano, László F. Földényi nos ofrece en Los espacios de la muerte viviente (Galaxia Gutenberg, 2018) un inquietante ensayo donde relaciona de manera certera e insospechada varios temas que me interesan: las utopías literarias y arquitectónicas de Moro, Boullée o Ledoux, el Panóptico de Bentham, los proyectos urbanos de los grandes genocidas del siglo XX y la obra de pintores como De Chirico o de escritores como Kafka. Uno de esos libros que me hubiese gustado escribir. Y, encima, de esos que se leen en una tarde.

Y termino con un superhéroe al que tenía parcialmente olvidado: Thor. En La muerte de Loki (Forum, 1998) Tom DeFalco y Ron Frenz continúan las aventuras del dios nórdico en la época en que su identidad humana era la del arquitecto neoyorquino Eric Masterson (después convertido en Thunderstrike, un lío). Aunque mi cerebro muchas veces es incapaz de procesar toda la información de los cómics de Marvel, y en esta ocasión la excesiva aparición de personajes a los que no conozco me ha llegado a aburrir, la lectura de este cómic ha hecho que me vuelva a picar el gusanillo de seguir escribiendo sobre arquitectos de ficción… ¿quizá una segunda parte de Quiméricos constructores? Quién sabe…

DIARIO DE LECTURAS (11)

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Nunca es tarde si la dicha es buena y más de 25 años después de su estreno por fin he visto Twin Peaks (las dos primera temporadas) y he quedado noqueado, fascinado, anonadado y yo que sé qué más por un autor que tenía olvidado desde hace tiempo, David Lynch. Entre mis 18 y 25 años aproximadamente, Lynch supuso uno de los puntos fuertes en mi formación y educación como devorador de películas. Un tipo que con apenas una decena de largos ha sido capaz de crear uno de los mundos más personales, inquietantes y bellos que se han proyectado nunca en la pantalla. Me ha encantado redescubrirlo ahora y ver que, al contrario que con otros autores, la revisión no ha hecho más que aumentar la admiración por él. Lynch, además, y esto es algo que cuando vi sus películas hace 15 años ni me iba ni me venía, es un ferviente apóstol de la meditación, que lleva décadas practicando. De eso habla en este libro raro y perfecto, Atrapa el pez dorado (Reservoir Books, 2016), hecho a base de retazos, consejos, confidencias y anécdotas acerca de su obra, y de cómo la espiritualidad y la meditación son parte indisociable de la misma. Un libro fundamental para profundizar en su universo.

Otro de esos autores cuya obra entera fue un reflejo de su visión del mundo, y por los que siento una admiración absoluta es Jorge Luis Borges. No tiene mucho sentido intentar decir nada nuevo de él aquí, así que me limitaré a dejar constancia de lo que he disfrutado con este Borges A/Z (Siruela, 1988), último volumen de la maravillosa colección La biblioteca de Babel, en la que el maestro recopiló una selección de sus lecturas fantásticas favoritas, y cuyos ejemplares tienen en el mercado de segunda mano precios prohibitivos. Tuve la suerte de encontrar hace un mes este libro a precio de ganga, y ni lo dudé… Borges confesaba que su género literario favorito era la Enciclopedia (por curiosidad, haraganería y sobre todo por la cuota de sorpresa que un orden tan arbitrario como el alfabético da a su contenido) y aquí se recopilan, a modo de diccionario, declaraciones y fragmentos de las obras del argentino, bajo epígrafes que van de “Ajedrez” a “Zenón de Elea”. El libro es toda una fiesta de lucidez, personalidad única y sentido del humor (una de mis favoritas: “Tenía entendido que solo había buena y mala literatura. Eso de literatura comprometida me suena lo mismo que equitación protestante“).

Como me gustan los libros en los que se habla de otros libros y los autores que reivindican fervorosamente a sus maestros, lo he pasado bien -pero no me ha encantado, lo reconozco, le falta algo- con Empiezo a creer que es mentira (Círculo de tiza, 2017), del madrileño Carlos Mayoral. Mayoral es un gran lector, un apasionado de la literatura, y su defensa de nuestros clásicos (de Valle a Pardo Bazán, de Azorín a Bécquer) le coloca en una posición por la que siento bastante simpatía. Salvando las distancias (que no son pocas), podría ser un equivalente en mi generación de lo que puede haber sido Andrés Trapiello en la generación de mis padres (aunque Trapiello es infinitamente mejor escritor y un crítico mucho más agudo que Mayoral). El libro se lee bien, pero cae en algunos tics que me resultan algo antipáticos (la moda de reivindicar a ciertas escritoras por el hecho de ser mujeres y no por la obra que dejaron escrita; la excesiva complacencia y atracción hacia la figura del ‘maldito’ profesional -el alcohólico, el muerto de hambre, el suicida-; el rechazo a los escritores españoles que no escriben en castellano…). Algunas de estas cuestiones ya no sé si están en el libro o si me vienen por la conversación que tuvimos entre croquetas y cerveza, en la que acabé convirtiéndome en involuntario defensor de causas que me son bastante ajenas, y durante la que me lo pasé estupendamente bien, todo hay que decirlo.

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Estos días, preparando la próxima exposición de Javi en Alicante, estoy leyendo retratos literarios, descripciones físicas y morales, impresiones de escritores acerca de otros escritores, y uno de los libros que estoy manejando es este de Javier Marías, Miramientos (Debolsillo, 2007). Son quince textos que publicó en la revista Campus Cervantes (ni idea) en los que, a través de fotografías de diferentes momentos de la vida de cada uno de ellos, trataba de imaginar y describir lo que veía en cada uno de estos rostros. Borges, Benet, Victoria Ocampo, Savater o Quiroga eran recreados por el autor de manera precisa, imaginativa, con su puntito de ironía y su sincera admiración (excepto en el caso de Neruda, que a estas alturas creo que a todos nos resulta profundamente antipático). Al final, un curioso autorretrato. El propio Marías describiéndose a sí mismo a través de varias fotografías de distintos momentos de su vida como escritor.

Por terminar con este puñado de libros plagados de nombres propios, hace unas semanas leí La facción caníbal. Una historia del vandalismo ilustrado (La Felguera, 2013), del gurú de la cultura subterránea Servando Rocha. A través de 500 páginas de letra apretada, abundantes fotografías, y cientos de referencias culturales e históricas, el autor traza un mapa de conexiones entre arte, terror y revueltas sociales, que van de los disturbios callejeros ingleses del siglo XVIII al punk más radical, pasando por Jack el destripador, los situacionistas, la guillotina y el Surrealismo. Todo este batiburrillo plagado de asesinos en serie, artistas mediocres y filósofos visionarios es pasado por la batidora salvaje de Rocha y al final del libro, exhaustos, asqueados y admirados a partes iguales logramos vislumbrar un sentido a todo esto… no me preguntéis cuál.

Cambiando de tercio, uno de esos estupendos títulos de la exquisita colección Planeta Maldito, de Valdemar, dedicada a la literatura erótica más decadente y elegante, Teresa filósofa (Valdemar, 1999) del marqués Boyer d’Argens. Obra aparecida en 1748 y atribuida durante mucho tiempo a Diderot, está basada en el caso real del jesuíta Jean-Baptiste Girard y su pupila Marie-Catherine Cadière. Al parecer, cuando se supo que los éxtasis que sentía la muchacha y los estigmas que le aparecían por el cuerpo no eran obra precisamente de dios ni del demonio, sino que más bien era el padre Girard el que se los provocaba, se generó un gran revuelo en Francia. Boyer d’Argens transforma este caso en una divertidísima fábula plagada de inteligentes reflexiones y diálogos en torno al sexo, la religión y la moral.

La ciudad de las columnas (Bruguera, 1982) es lo primero que leo del cubano Alejo Carpentier. Es un breve texto en el que hace un recorrido por la parte vieja de la ciudad de La Habana, y sus características urbanísticas y arquitectónicas. Me ha interesado especialmente la defensa del urbanismo orgánico, sensato y natural de las ciudades antiguas, frente al racionalismo (cómo me molesta esta palabra), frío y cuadriculado del movimiento moderno.

Otra ciudad, pero no de columnas, sino de cristal, es el Nueva York a medio camino entre Kafka y Chandler que imaginó Paul Auster, y que trasladaron al cómic Paul Karasik y David Mazzucchelli. En La ciudad de cristal (Navona, 2017) se adapta de manera muy competente la primera de las obras de la Trilogía de Nueva York, con un dibujo limpio y sencillo, como la prosa de Auster. Por poner una pega, me he encontrado varias faltas de ortografía… no estaría de más un repaso antes de mandar a imprenta obras tan estupendas como esta.

DIARIO DE LECTURAS (07)

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Supe por primera vez de Andrés Ibáñez hará una década aproximadamente. Sus columnas en ABC Cultural, además de tener un título precioso –Comunicados de la tortuga celeste-, no se parecían a nada (hablo en pasado porque hace tiempo que no las leo… pero creo que siguen apareciendo todas o casi todas las semanas). En sus comunicados hablaba de libros, sí, pero desde una perspectiva diferente. Rechazaba la política (o al menos, esos absurdos dogmas como que todos nuestros actos son políticos, o que si no eres ni de izquierdas ni de derechas, eres de derechas); reivindicaba la fantasía y la imaginación como modos reales y prácticos de mejorar el mundo; hablaba de meditación, de visiones y de espiritualidad con comodidad, sin complejos; no escribía desde un orientalismo vacío y antioccidental, ni desde un posmodernismo cínico y frío, siendo a la vez tremendamente posmoderno y fuertemente orientalista. Me ayudó a ver ciertas cosas de un modo más abierto y equilibrado.

La lluvia de los inocentes (Galaxia Gutenberg, 2012) es la primera novela suya que leo. Me ha impactado. No solo es que escriba fabulosamente bien, es que pocas novelas me habían llegado tan hondo. Decir que es una novela es quizá un poco falso, ya que en realidad tiene toda la pinta de ser una autobiografía, solo que con los nombres cambiados. Se inscribe en la tradición de las novelas de formación, pero en esta ocasión no solo asistimos a la infancia, adolescencia y juventud del protagonista, Mateo, sino al crecimiento de todo un país que pasa, casi sin darse cuenta, de los últimos coletazos de una dictadura (iba a decir ‘terrible dictadura’, pero… ¿alguna no lo es?) a una democracia moderna, con sus luces y sus sombras. Hay capítulos (‘Cínico‘ o ‘Generación‘) que describen ciertos momentos recientes de España mucho más certeramente que el mejor libro de historia.

Que Ibáñez es un escritor fabuloso y que va por libre lo he podido comprobar también en este libro de cuentos chinos, El perfume del cardamomo (Impedimenta, 2008). Es curioso comprobar cómo los libros tienen su momento, y aunque el hábito no hace al monje, y aunque la mona se vista de seda, etc, para los que amamos el libro como objeto físico una buena edición influye mucho a la hora de disfrutar una lectura. Digo esto porque empecé a leer la edición original de 2003 de estos cuentos hace unos meses, en uno de esos feos libritos que reparte (o repartía, no sé), la cadena de hoteles NH (pongo foto de ambas ediciones). En aquella ocasión lo dejé a medias… ahora me lo he leído en dos sorbos. Con prólogo de mi admirado y añorado Félix Romeo estos cuentos no son, como dice el autor, ni un pastiche posmoderno, ni una aproximación irónica, sino un homenaje sincero a una literatura, a una cultura, a un modo de ver el mundo que afirma no conocer demasiado pero por el que siente admiración.

En su día, Andrés Ibáñez fue una de las personas que me descubrió la que es mi editorial favorita, la que más ha abierto mis horizontes y mi manera de entender la vida. Hablo de Atalanta, claro. Recuerdo especialmente una reseña sobre Consciencia más allá de la vida de Pin van Lommel que me dejó tocado. Ibáñez también es uno de los pocos autores españoles que han publicado un libro con ellos (A través del espejo, una fabulosa antología de textos de la que ya escribí hace un tiempo). Uno de los últimos libros publicados por Atalanta es El pensamiento del corazón (2017), de James Hillman, que ya fue publicado en su día por Siruela, y que reúne dos conferencias del psicólogo estadounidense, la primera titulada igual que el libro, y la segunda llamada ‘El alma del mundo‘. Me cuesta hacer un resumen de lo que he leído (hace ya varias semanas, y no soy experto en estos temas), pero repasando mis subrayados veo que Hillman habla en estas páginas del significado profundo del corazón (y de su lenguaje, que es la imaginación), de la tiranía a la que nos somete una interpretación maquinista de la vida, de la belleza como manifestación de virtudes imperceptibles como la templanza, la justicia o la honradez (“Somos bellos cuando permanecemos fieles a nuestra naturaleza”, según Plotino), de la necesidad de recuperar la noción de anima mundi, el alma del mundo, que bajo distintos nombres ha recorrido toda la tradición occidental, de Platón y los místicos cristianos y judíos hasta William James, Swedenborg, Yeats o Rilke.

En una conferencia que pude ver hace poco por youtube, Hillman hablaba de cómo el destierro de los dioses griegos conllevó la aparición de innumerables enfermedades y trastornos de la mente. Las tragedias griegas lograron un conocimiento tan profundo y exacto de la psique y las pasiones humanas; sus dioses, mitos y héroes alcanzaron una existencia tan real, que, ante la imposibilidad de desaparecer, se metarmofosearon, y si antes se encarnaban en los actores de una representación teatral, ahora cobran la apariencia de síntomas en la consulta de un médico o un psiquiatra. Quizá el único panteón contemporáneo que de algún modo puede equipararse al griego en cuanto a complejidad, creación colectiva y representación profunda de las pulsiones humanas sea el mundo de los superhéroes. De algún modo, otras creaciones y sagas como las de Juego de tronos, Star Wars o El señor de los anillos pueden acercarse, pero no dejan de ser creaciones de una sola mente (Martin, Lucas, Tolkien). Los superhéroes, pese a que Bob Kane crease a Batman, Jerry Siegel a Superman o Stan Lee a Spiderman, llevan casi cien años mutando a través de centenares de guionistas, dibujantes y ahora cineastas, sus historias se han ido entremezclando durante miles de episodios. Es imposible haber leído, no ya todo, sino una mínima parte de este universo… Hace años profundicé, dentro de mis limitaciones, en los tebeos de Batman. Por distintos motivos, es el superhéroe que más me interesa y echo en falta no leer tantas historias suyas como me gustaría… pero bueno, uno hace lo que puede. Acabo de leer ahora Caballero Oscuro III: La raza superior (ECC, 2016-17), la última incursión de Frank Miller y Brian Azzarello en el personaje, con dibujo de Andy Kubert. Empecé a comprar las primeras entregas hace dos años… pero las nuevas entregas se fueron dilatando tanto en el tiempo que me desesperé. Cuando leía un capítulo nuevo, hacía 3 meses del anterior y no recordaba nada, así que decidí esperar a tener los 9 tebeos de la serie y leerlos por fin todos de un tirón. No puedo decir que me haya encantado, ni que sea un cómic que vaya a cambiar la historia (como sí fue El regreso del caballero oscuro, escrita y dibujada hace 30 años por el propio Miller), pero he disfrutado mucho durante la lectura y me ha dejado con las ganas de retomar mis lecturas sobre el hombre murciélago, prácticamente abandonadas desde hace más de un año.

Hablando de panteones y de dioses paganos sería justo reconocer que el cine clásico americano, es decir, el Cine (sobre todo el lado oscuro de sus estrellas, aquel Hollywood Babilonia del que escribió con envidia y admiración Kenneth Anger) también fue una fábrica inigualable de dioses y demonios. En Cineastas y arquitectos (Fundación Arquia / Los libros de la Catarata, 2017), Manuel García Roig reúne varios textos sobre la relación de primeras figuras como Samuel Fuller, Howard Hawks o Nicholas Ray con la arquitectura. Igual que con los superhéroes, este tema, el de las relaciones entre cine y arquitectura, fue durante un tiempo uno de mis intereses principales. Ya no es así, y no he podido evitar sentir cierta nostalgia durante la lectura, algo así como la sensación de que hace diez años habría exprimido mucho más un libro como este. Porque la verdad es que está lleno de información y puntos de vista interesantes, y mucho mejor escrito (o yo, al menos, lo he disfrutado mucho más), que el otro libro que había leído del mismo autor, En un lugar solitario (Mairea, 2013).

Para terminar, el número 7 de la revista más interesante que se publica ahora mismo en España, Agente Provocador (La Felguera, 2017). Pilar Pedraza escribiendo sobre la mujer en el cine de Jodorowsky, Servando Rocha contando sus vacaciones infernales en una fortaleza fascista (es decir, un recinto hotelero de los de todo incluido en Canarias), un revelador artículo de Andrea López Azcona sobre identidad de género en los indios norteamericanos, y cien páginas llenas de saber oculto, subterráneo e imprescindible.