DIARIO DE LECTURAS (10)

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Empiezo por todo lo alto, con este regalo de Conchi, que me conoce y me quiere como nadie. Llevaba tiempo con la idea de leer algo del guatemalteco Eduardo Halfon, y con esta estupenda foto de portada y un título tan sugestivo como Biblioteca bizarra (Jekyll & Jill, 2018), este ha sido el libro elegido para iniciarme en su obra. Reúne Halfon aquí 6 artículos, ensayos y crónicas que ya habían sido publicados en la prensa de diferentes países y que me han servido para reafirmarme en dos cosas que ya sospechaba antes de haber leído nada suyo: que es un escritor sobresaliente y, lo más importante, que me cae muy bien. Habla de la escritura, de la lectura y del coleccionismo de libros, pero también de la paternidad, de la memoria y del compromiso. Nos cuenta el descubrimiento tardío de su vocación, y también nos habla de la imposibilidad de escribir con libertad en un país donde a la menor señal de discrepancia o pensamiento libre te pegan un tiro. Un libro fabuloso de un autor al que me gustaría volver pronto.

A quien vuelvo continuamente es a Francisco García Pavón y a sus historias protagonizadas por Manuel González ‘Plinio’, jefe de la GMT (Guardia Municipal de Tomelloso). No tengo muy claro por qué García Pavón no está considerado uno de los grandes escritores españoles de la segunda mitad del siglo XX (para mi gusto, no tiene nada que envidiar a Delibes y es muy superior, por supuesto, a Cela), aunque sospecho que el hecho de que gran parte de sus obras sean de intriga -aunque una intriga muy sui generis– y que estén llenas de sentido del humor algo haya tenido que ver en todo esto. En estas Nuevas historias de Plinio (Destino, 1970) recopila 8 casos de su popular detective, quien junto a su Watson particular, don Lotario -el veterinario del pueblo-, se enfrenta desde al robo de unos jamones al asesinato de varios meloneros. Historias llenas de humor manchego, filosofía rural y buen comer y beber.

Otro que también cultiva la novela policiaca pero en un sentido muy distinto es el barcelonés Carlos Zanón, quien en su última obra, Taxi (Salamandra, 2017) nos presenta a Sandino, un taxista cuarentón (o cincuentón, no sé. Qué más da), insomne, excocainómano, mujeriego y más o menos honesto, que lee a Cheever y Carver y escucha a los Smiths y a The Clash. Toda una retahíla de tópicos que, la verdad, funcionan de maravilla. Clubs nocturnos, contrabando, calles mojadas, personajes al límite… la épica de la noche, la jungla de asfalto, etcétera etcétera. Zanón escribe muy bien y aunque he quedado saciado, y sin excesivas ganas de lanzarme a devorar sus otros libros, este es de lo más recomendable.

Mientras leía Taxi he aprovechado para hincarle el diente a este cómic del también barcelonés Martí, Taxista (Glénat, 2004), que fue publicado a mediados de los 80 en las páginas de la revista El víbora. El protagonista, Taxista Cuatroplazas, no tiene mucho que ver con el Sandino de Zanón. Su conducta fría, calculadora y pelín facha está más en la línea de los justicieros urbanos que poblaron las pantallas de cine de los 70. Las historias, terribles y exageradas, están bien pero lo que me ha llamado la atención de verdad ha sido el dibujo, de trazo limpio, preciso y muy inquietante.

Por seguir un poco (y abandonar por un tiempo, que ya me cansa) toda esta apología de los bares, de la noche, del alcohol y de los coches he leído la antología (antilogía, la llaman ellos) Disociados (2013), de los modernitos Ya lo dijo Casimiro Parker. En ella se reúnen cuatro poetas a mi juicio muy desiguales, todos ellos con cierta pose bukowskiana y cierta aura de malditismo: El Ángel, protagonista (y víctima) del lado más salvaje de los ochenta madrileños, con unos poemas desgarradores pero bastante malos; Karmelo C. Iribarren, el más interesante de todos ellos, quien por sí solo dignifica cualquier antología; Roger Wolfe, por quien siento una gran simpatía pero de quien prefiero su prosa y un tal David González, con unos poemas bastante sonrojantes en los que hace de maldito profesional (que si el talego, que si la farlopa, etc), pose que me resulta bastante cansina (aunque tengo que reconocer que se aprecia cierta calidad en algunos de ellos).

Para alejarme de toda esta nocturnidad y alevosía he leído un par de libros de Andrés Trapiello, a quien me imagino siempre en una mañana soleada, paseando por el Rastro o el Retiro, o leyendo sonriente en su despacho mientras los rayos de sol entran filtrados a través de una persiana de madera. Películas que uno se hace. Viajeros y estables (Valdemar, 1998), recopila varias decenas de artículos, prólogos y conferencias sobre escritores extranjeros, de Virgilio a Fleur Jaeggy, pasando por Stendhal, Dickens, Francis Jammes o Pessoa. Por su parte, Sí y no (Península, 2002) reúne todos sus artículos publicados durante el año 2000 en el suplemento dominical de La Vanguardia. Como siempre, un diez en todo.

Y por último, un librito que encontré en Madrid hace un par de días: Ray Eames y Lina Bo Bardi. El viaje como laboratorio (Ediciones Asimétricas, 2018), de Mara Sánchez Llorens y Fermina Garrido López. Lina Bo Bardi y Ray Eames son seguramente mis dos arquitectas favoritas, y hasta ahora no había caído en los múltiples paralelismos de sus vidas y obras. Ambas trataron de encontrar un equilibrio entre lo artesanal y lo industrial, lo local y lo universal, lo tradicional y lo moderno, lo público y lo privado. Ambas trabajaron en estrecha colaboración con sus maridos (en el caso de Ray, mucho más). Ambas entendieron el diseño en un sentido amplio, creando además de edificios, vestidos, joyas, objetos, películas y exposiciones. Y, además de muchas otras similitudes, la que tiene como objeto de estudio este libro: ambas utilizaron los viajes como experiencias profundas de las que aprender y modificar sus criterios, sus gustos y sus modos de hacer. La única pega que le puedo poner al libro es lo diminutas que son las fotos. Por lo demás, interesantísimo.

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