DIARIO DE LECTURAS (11)

IMG_20180424_131039

Nunca es tarde si la dicha es buena y más de 25 años después de su estreno por fin he visto Twin Peaks (las dos primera temporadas) y he quedado noqueado, fascinado, anonadado y yo que sé qué más por un autor que tenía olvidado desde hace tiempo, David Lynch. Entre mis 18 y 25 años aproximadamente, Lynch supuso uno de los puntos fuertes en mi formación y educación como devorador de películas. Un tipo que con apenas una decena de largos ha sido capaz de crear uno de los mundos más personales, inquietantes y bellos que se han proyectado nunca en la pantalla. Me ha encantado redescubrirlo ahora y ver que, al contrario que con otros autores, la revisión no ha hecho más que aumentar la admiración por él. Lynch, además, y esto es algo que cuando vi sus películas hace 15 años ni me iba ni me venía, es un ferviente apóstol de la meditación, que lleva décadas practicando. De eso habla en este libro raro y perfecto, Atrapa el pez dorado (Reservoir Books, 2016), hecho a base de retazos, consejos, confidencias y anécdotas acerca de su obra, y de cómo la espiritualidad y la meditación son parte indisociable de la misma. Un libro fundamental para profundizar en su universo.

Otro de esos autores cuya obra entera fue un reflejo de su visión del mundo, y por los que siento una admiración absoluta es Jorge Luis Borges. No tiene mucho sentido intentar decir nada nuevo de él aquí, así que me limitaré a dejar constancia de lo que he disfrutado con este Borges A/Z (Siruela, 1988), último volumen de la maravillosa colección La biblioteca de Babel, en la que el maestro recopiló una selección de sus lecturas fantásticas favoritas, y cuyos ejemplares tienen en el mercado de segunda mano precios prohibitivos. Tuve la suerte de encontrar hace un mes este libro a precio de ganga, y ni lo dudé… Borges confesaba que su género literario favorito era la Enciclopedia (por curiosidad, haraganería y sobre todo por la cuota de sorpresa que un orden tan arbitrario como el alfabético da a su contenido) y aquí se recopilan, a modo de diccionario, declaraciones y fragmentos de las obras del argentino, bajo epígrafes que van de “Ajedrez” a “Zenón de Elea”. El libro es toda una fiesta de lucidez, personalidad única y sentido del humor (una de mis favoritas: “Tenía entendido que solo había buena y mala literatura. Eso de literatura comprometida me suena lo mismo que equitación protestante“).

Como me gustan los libros en los que se habla de otros libros y los autores que reivindican fervorosamente a sus maestros, lo he pasado bien -pero no me ha encantado, lo reconozco, le falta algo- con Empiezo a creer que es mentira (Círculo de tiza, 2017), del madrileño Carlos Mayoral. Mayoral es un gran lector, un apasionado de la literatura, y su defensa de nuestros clásicos (de Valle a Pardo Bazán, de Azorín a Bécquer) le coloca en una posición por la que siento bastante simpatía. Salvando las distancias (que no son pocas), podría ser un equivalente en mi generación de lo que puede haber sido Andrés Trapiello en la generación de mis padres (aunque Trapiello es infinitamente mejor escritor y un crítico mucho más agudo que Mayoral). El libro se lee bien, pero cae en algunos tics que me resultan algo antipáticos (la moda de reivindicar a ciertas escritoras por el hecho de ser mujeres y no por la obra que dejaron escrita; la excesiva complacencia y atracción hacia la figura del ‘maldito’ profesional -el alcohólico, el muerto de hambre, el suicida-; el rechazo a los escritores españoles que no escriben en castellano…). Algunas de estas cuestiones ya no sé si están en el libro o si me vienen por la conversación que tuvimos entre croquetas y cerveza, en la que acabé convirtiéndome en involuntario defensor de causas que me son bastante ajenas, y durante la que me lo pasé estupendamente bien, todo hay que decirlo.

IMG_20180424_131116

Estos días, preparando la próxima exposición de Javi en Alicante, estoy leyendo retratos literarios, descripciones físicas y morales, impresiones de escritores acerca de otros escritores, y uno de los libros que estoy manejando es este de Javier Marías, Miramientos (Debolsillo, 2007). Son quince textos que publicó en la revista Campus Cervantes (ni idea) en los que, a través de fotografías de diferentes momentos de la vida de cada uno de ellos, trataba de imaginar y describir lo que veía en cada uno de estos rostros. Borges, Benet, Victoria Ocampo, Savater o Quiroga eran recreados por el autor de manera precisa, imaginativa, con su puntito de ironía y su sincera admiración (excepto en el caso de Neruda, que a estas alturas creo que a todos nos resulta profundamente antipático). Al final, un curioso autorretrato. El propio Marías describiéndose a sí mismo a través de varias fotografías de distintos momentos de su vida como escritor.

Por terminar con este puñado de libros plagados de nombres propios, hace unas semanas leí La facción caníbal. Una historia del vandalismo ilustrado (La Felguera, 2013), del gurú de la cultura subterránea Servando Rocha. A través de 500 páginas de letra apretada, abundantes fotografías, y cientos de referencias culturales e históricas, el autor traza un mapa de conexiones entre arte, terror y revueltas sociales, que van de los disturbios callejeros ingleses del siglo XVIII al punk más radical, pasando por Jack el destripador, los situacionistas, la guillotina y el Surrealismo. Todo este batiburrillo plagado de asesinos en serie, artistas mediocres y filósofos visionarios es pasado por la batidora salvaje de Rocha y al final del libro, exhaustos, asqueados y admirados a partes iguales logramos vislumbrar un sentido a todo esto… no me preguntéis cuál.

Cambiando de tercio, uno de esos estupendos títulos de la exquisita colección Planeta Maldito, de Valdemar, dedicada a la literatura erótica más decadente y elegante, Teresa filósofa (Valdemar, 1999) del marqués Boyer d’Argens. Obra aparecida en 1748 y atribuida durante mucho tiempo a Diderot, está basada en el caso real del jesuíta Jean-Baptiste Girard y su pupila Marie-Catherine Cadière. Al parecer, cuando se supo que los éxtasis que sentía la muchacha y los estigmas que le aparecían por el cuerpo no eran obra precisamente de dios ni del demonio, sino que más bien era el padre Girard el que se los provocaba, se generó un gran revuelo en Francia. Boyer d’Argens transforma este caso en una divertidísima fábula plagada de inteligentes reflexiones y diálogos en torno al sexo, la religión y la moral.

La ciudad de las columnas (Bruguera, 1982) es lo primero que leo del cubano Alejo Carpentier. Es un breve texto en el que hace un recorrido por la parte vieja de la ciudad de La Habana, y sus características urbanísticas y arquitectónicas. Me ha interesado especialmente la defensa del urbanismo orgánico, sensato y natural de las ciudades antiguas, frente al racionalismo (cómo me molesta esta palabra), frío y cuadriculado del movimiento moderno.

Otra ciudad, pero no de columnas, sino de cristal, es el Nueva York a medio camino entre Kafka y Chandler que imaginó Paul Auster, y que trasladaron al cómic Paul Karasik y David Mazzucchelli. En La ciudad de cristal (Navona, 2017) se adapta de manera muy competente la primera de las obras de la Trilogía de Nueva York, con un dibujo limpio y sencillo, como la prosa de Auster. Por poner una pega, me he encontrado varias faltas de ortografía… no estaría de más un repaso antes de mandar a imprenta obras tan estupendas como esta.

Anuncios

DIARIO DE LECTURAS (10)

IMG_20180406_165824

Empiezo por todo lo alto, con este regalo de Conchi, que me conoce y me quiere como nadie. Llevaba tiempo con la idea de leer algo del guatemalteco Eduardo Halfon, y con esta estupenda foto de portada y un título tan sugestivo como Biblioteca bizarra (Jekyll & Jill, 2018), este ha sido el libro elegido para iniciarme en su obra. Reúne Halfon aquí 6 artículos, ensayos y crónicas que ya habían sido publicados en la prensa de diferentes países y que me han servido para reafirmarme en dos cosas que ya sospechaba antes de haber leído nada suyo: que es un escritor sobresaliente y, lo más importante, que me cae muy bien. Habla de la escritura, de la lectura y del coleccionismo de libros, pero también de la paternidad, de la memoria y del compromiso. Nos cuenta el descubrimiento tardío de su vocación, y también nos habla de la imposibilidad de escribir con libertad en un país donde a la menor señal de discrepancia o pensamiento libre te pegan un tiro. Un libro fabuloso de un autor al que me gustaría volver pronto.

A quien vuelvo continuamente es a Francisco García Pavón y a sus historias protagonizadas por Manuel González ‘Plinio’, jefe de la GMT (Guardia Municipal de Tomelloso). No tengo muy claro por qué García Pavón no está considerado uno de los grandes escritores españoles de la segunda mitad del siglo XX (para mi gusto, no tiene nada que envidiar a Delibes y es muy superior, por supuesto, a Cela), aunque sospecho que el hecho de que gran parte de sus obras sean de intriga -aunque una intriga muy sui generis– y que estén llenas de sentido del humor algo haya tenido que ver en todo esto. En estas Nuevas historias de Plinio (Destino, 1970) recopila 8 casos de su popular detective, quien junto a su Watson particular, don Lotario -el veterinario del pueblo-, se enfrenta desde al robo de unos jamones al asesinato de varios meloneros. Historias llenas de humor manchego, filosofía rural y buen comer y beber.

Otro que también cultiva la novela policiaca pero en un sentido muy distinto es el barcelonés Carlos Zanón, quien en su última obra, Taxi (Salamandra, 2017) nos presenta a Sandino, un taxista cuarentón (o cincuentón, no sé. Qué más da), insomne, excocainómano, mujeriego y más o menos honesto, que lee a Cheever y Carver y escucha a los Smiths y a The Clash. Toda una retahíla de tópicos que, la verdad, funcionan de maravilla. Clubs nocturnos, contrabando, calles mojadas, personajes al límite… la épica de la noche, la jungla de asfalto, etcétera etcétera. Zanón escribe muy bien y aunque he quedado saciado, y sin excesivas ganas de lanzarme a devorar sus otros libros, este es de lo más recomendable.

Mientras leía Taxi he aprovechado para hincarle el diente a este cómic del también barcelonés Martí, Taxista (Glénat, 2004), que fue publicado a mediados de los 80 en las páginas de la revista El víbora. El protagonista, Taxista Cuatroplazas, no tiene mucho que ver con el Sandino de Zanón. Su conducta fría, calculadora y pelín facha está más en la línea de los justicieros urbanos que poblaron las pantallas de cine de los 70. Las historias, terribles y exageradas, están bien pero lo que me ha llamado la atención de verdad ha sido el dibujo, de trazo limpio, preciso y muy inquietante.

Por seguir un poco (y abandonar por un tiempo, que ya me cansa) toda esta apología de los bares, de la noche, del alcohol y de los coches he leído la antología (antilogía, la llaman ellos) Disociados (2013), de los modernitos Ya lo dijo Casimiro Parker. En ella se reúnen cuatro poetas a mi juicio muy desiguales, todos ellos con cierta pose bukowskiana y cierta aura de malditismo: El Ángel, protagonista (y víctima) del lado más salvaje de los ochenta madrileños, con unos poemas desgarradores pero bastante malos; Karmelo C. Iribarren, el más interesante de todos ellos, quien por sí solo dignifica cualquier antología; Roger Wolfe, por quien siento una gran simpatía pero de quien prefiero su prosa y un tal David González, con unos poemas bastante sonrojantes en los que hace de maldito profesional (que si el talego, que si la farlopa, etc), pose que me resulta bastante cansina (aunque tengo que reconocer que se aprecia cierta calidad en algunos de ellos).

Para alejarme de toda esta nocturnidad y alevosía he leído un par de libros de Andrés Trapiello, a quien me imagino siempre en una mañana soleada, paseando por el Rastro o el Retiro, o leyendo sonriente en su despacho mientras los rayos de sol entran filtrados a través de una persiana de madera. Películas que uno se hace. Viajeros y estables (Valdemar, 1998), recopila varias decenas de artículos, prólogos y conferencias sobre escritores extranjeros, de Virgilio a Fleur Jaeggy, pasando por Stendhal, Dickens, Francis Jammes o Pessoa. Por su parte, Sí y no (Península, 2002) reúne todos sus artículos publicados durante el año 2000 en el suplemento dominical de La Vanguardia. Como siempre, un diez en todo.

Y por último, un librito que encontré en Madrid hace un par de días: Ray Eames y Lina Bo Bardi. El viaje como laboratorio (Ediciones Asimétricas, 2018), de Mara Sánchez Llorens y Fermina Garrido López. Lina Bo Bardi y Ray Eames son seguramente mis dos arquitectas favoritas, y hasta ahora no había caído en los múltiples paralelismos de sus vidas y obras. Ambas trataron de encontrar un equilibrio entre lo artesanal y lo industrial, lo local y lo universal, lo tradicional y lo moderno, lo público y lo privado. Ambas trabajaron en estrecha colaboración con sus maridos (en el caso de Ray, mucho más). Ambas entendieron el diseño en un sentido amplio, creando además de edificios, vestidos, joyas, objetos, películas y exposiciones. Y, además de muchas otras similitudes, la que tiene como objeto de estudio este libro: ambas utilizaron los viajes como experiencias profundas de las que aprender y modificar sus criterios, sus gustos y sus modos de hacer. La única pega que le puedo poner al libro es lo diminutas que son las fotos. Por lo demás, interesantísimo.