DIARIO DE LECTURAS (16)

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A veces da vértigo revisar fechas. Si pienso en el momento en que descubrí la rumba, probablemente el género musical al que más fiel he sido, veo que ha pasado exactamente la mitad de mi vida, es decir 18 años… En ese tiempo el panorama ha cambiado mucho. De ser considerada, en el mejor de los casos, como un género menor, una anécdota sin importancia, una curiosidad para turistas y poco más, se ha pasado a una reivindicación apasionada y razonada de la que puede considerarse quizá nuestra más auténtica música pop: música urbana, ligera y bailable que bebe tanto del flamenco como de los ritmos tropicales o el rocanrol primigenio. A estas alturas no hace falta insistir mucho en ello, y está bastante claro que Peret, Los Amaya, Bambino o Las Grecas (por citar ejemplos muy diversos) son figuras fundamentales de nuestra historia musical. Txarly Brown, uno de los principales profetas de la religión rumbera, publicó hace unos años este fabuloso Achilibook. Biografía gráfica de la Rumba en España 1961-1995 (Milenio, 2013) en el que, además de una jugosa introducción y biografías de los artistas más representativos, nos ofrece más de mil carátulas de vinilos rumberos ordenadas cronológicamente, que sirven para poner algo de orden en el caos y para reivindicar la parte gráfica, con unos diseños que van de lo excelso a lo abominable (y, muchas veces, en lo más abominable encontramos precisamente la mayor excelsitud).

Mientras en una Barcelona gitana y mestiza surgían y brillaban las estrellas del firmamento rumbero, en otra parte de la ciudad desfilaban otras figuras más cercanas al jipismo, a la contracultura, a la disidencia política o a las vanguardias artísticas. Pau Malvido (seudónimo de Pau Maragall, hermano del alcalde Pasqual Maragall), que vivió todo ello en primera persona, escribió unas crónicas en los últimos 70 que fueron publicadas por la revista STAR. Nosotros los malditos (Anagrama, 2004) recoge dichas crónicas y algunos textos adicionales, como esas entrevistas sin desperdicio a Pau Riba o a Víctor Jou (propietario de la sala Zeleste). Conocí este libro, como tantas cosas en las últimas semanas, gracias a Jordi Costa. Su Cómo acabar con la contracultura sigue dando frutos…

Me da la impresión de que mis últimas lecturas me van iluminando y dando pistas para guiarme por esa Otra Historia de España que tanto me ha interesado siempre. El siguiente libro, Valle-Inclán y el insólito caso del hombre con rayos X en los ojos (La Felguera, 2014), tiene una única pega: lo engañoso del título. Y es que el protagonismo del barbudo modernista en esta historia es anecdótico… El libro -uno de esos fabulosos collages de texto e imágenes a los que nos tiene acostumbrados la editorial madrileña- recoge la historia de Argamasilla, supuesto médium que en los años 20 realizó una serie de inequívocas demostraciones de su poder: era capaz de ver a través de los objetos, leyendo mensajes previamente introducidos en cajas cerradas. El país se dividió entre detractores y defensores del vidente (uno de estos últimos, Valle-Inclán), y todo parecía ir bien hasta que se topó con el mismísimo Houdini, el famoso escapista experto en desmantelar a farsantes que hacían pasar por poderes sobrenaturales lo que no eran más que trucos de feria… El libro entero es una delicia. Además de la introducción de la gran Grace Morales, y de un texto largo, erudito y divertido de Ramón Mayrata, contiene numerosa documentación de la época, y nos teletransporta a aquellos años 20 en los que todo parecía posible.

He estado leyendo también estas semanas los dos últimos números, el 8 y el 9, de Agente Provocador (La Felguera, 2018). Como siempre, un impagable desfile de otredades y rarezas: ovnis franquistas, brujas mexicanas, anarquismo parisino, arte extremo, bohemia madrileña, leyendas bolivianas…

Y por último, una novela archiconocida que me ha sorprendido mucho, y para bien. Carrie (Plaza & Janés, 1991), de Stephen King. Un autor tan prolífico imagino que tendrá de todo, pero tengo que reconocer que, de los cuatro libros suyos que he leído, tres me han parecido estupendos y uno bastante interesante. Ya quisieran muchos escritores reconocidos que pudiera decir eso de ellos… Total, que como decía, Carrie me ha encantado, sobre todo la primera mitad. No hay que leerla como una novela de terror. Mejor dicho, sí que es una novela de terror puro, pero donde la propia Carrie es la víctima y su fanática madre y sus crueles compañeras de colegio son las auténticas causantes de la tragedia… La traducción se nota algo anticuada, o directamente incorrecta (se repiten palabras como ‘telecinesia’, o ‘tapones’ en vez de tampones…) pero el libro es una delicia, con una estructura muy inteligente y efectiva (la acción avanza narrada a través de fragmentos de libros, de diarios, de prensa, de informes policiales…) y una descripción de personajes como solo un maestro como King es capaz de hacer.

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DIARIO DE LECTURAS (15)

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La palabra que más se repite estas últimas semanas en mis lecturas es ‘CONTRACULTURA’. No me importa demasiado qué es o qué no es este concepto, pero creo que se podría intentar definir por oposición: aquellas expresiones artísticas o culturales que no se adscriben a las corrientes dominantes, más comerciales o fácilmente aceptadas por el mercado. Como todo lo underground, sus manifestaciones y sus artífices suelen avanzar en dos direcciones: la de la aceptación masiva (Mariscal, por ejemplo) y la del malditismo (Iván Zulueta). Jordi Costa ha escrito un libro fundamental para entender el surgimiento, desarrollo y ¿muerte? de la contracultura en España. En Cómo acabar con la contracultura. Una historia subterránea de España (Taurus, 2018) Costa narra un proceso que más o menos comienza a finales de los 60 y dura un par de décadas, hasta la imposición masiva de eso que el autor bautiza acertadamente como Gusto Socialdemócrata. Son muchos los aciertos del libro. Jordi Costa no se limita a hablar de los nombres más o menos esperables (Nazario, Pau Riba, Zulueta, Smash, El víbora, Ajoblanco…) sino que, de manera inesperada, relaciona todo eso con fenómenos del franquismo más extraño y casposo (el clan Vallejo-Nágera, la iglesia de El Palmar de Troya, José María Carrascal…) estableciendo una serie de vasos comunicantes de lo más curiosos y, a veces, inquietantes.

Lo he devorado, y me dado a conocer decenas de nombres, aunque no siempre estoy de acuerdo en sus juicios. Por ejemplo, creo que se muestra excesivamente crítico con la evolución personal de muchos de sus protagonistas, de Boadella a García Pelayo, que han decidido, de manera muy libre, ir por otros derroteros. En cuanto a la edición del libro, le pongo tres carencias que podían haberlo enriquecido mucho más: un apartado fotográfico, una bibliografía más amplia y un índice onomástico. Fallos menores en un libro que se ha convertido para mí en obra de consulta casi diaria, como en su día lo fue aquel Mondo Bulldog. Un viaje al Universo basura (Temas de hoy, 1999) del mismo autor.

Uno de los personajes que se nombran, aunque de pasada, en el libro anterior es el inigualable Fernando Márquez ‘El Zurdo’. Uno de esos tipos geniales e inclasificables (creo que alguien lo definió como ‘un cruce entre Brian Ferry y José Antonio Primo de Rivera…’) de quien ya hablé hace un año aquí mismo. Todos los chicos y chicas (La Banda de Moebius, 1980) fue su primer libro, un puñado de relatos adolescentes con ramalazos punk y surrealistas ambientados en ese Madrid lleno de color en el que todo parecía posible. La edición es maravillosa, llena de dibujitos, de dedicatorias… y el libro es un testimonio estupendo de esa época. De lo más recomendable.

Mientras El Zurdo montaba Kaka de Luxe junto a, entre otros, Carlos Berlanga (otra de mis debilidades), el hermano de éste, Jorge Berlanga, traducía a uno de los malditos oficiales del momento, Charles Bukowski, para la colección Contraseñas, de Anagrama, una de las que más hicieron por introducir la literatura y el pensamiento underground en nuestro país (especialmente en sus primeros años, los de la tipografía macarra y colorista, como este libro que traigo hoy). En Cartero (Anagrama, 1983) Bukowski cuenta de manera crudísima los 12 años que pasó trabajando en el Servicio Postal de los Estados Unidos. Sexo, borracheras y ambientes sórdidos contados de una manera salvaje y muy, muy divertida.

Volviendo al primer libro que comentábamos, uno de sus protagonistas más recurrentes (porque en él obra y experiencia personal están más unidas que en casi ningún otro miembro de su generación) es el dibujante Nazario, quien supo mostrar a través de sus cómics unos ambientes muy concretos y desconocidos para la mayoría, el del lumpen homosexual más tirado y desprejuiciado. Alí Babá y los 40 maricones (La cúpula, 1993) es lo primero que leo de él, y me ha sorprendido para muy bien. Es una especie de versión porno gay de la 13 Rue del Percebe de Ibáñez. Tanto el dibujo como los guiones son estupendos, y se respira una espontaneidad que en seguida te hace ver que el autor está hablando de sí mismo y de los círculos en los que se mueve.

Otro cómic que refleja muy bien el momento y el lugar en el que fue creado es La noche de siempre (Star Books, 1982), con dibujos de Montesol y guion de Ramón de España. Junto con Fin de semana (1983), de los mismos autores, es uno de los cómics de la época que mejor ha resistido el paso del tiempo. Los personajes (veinteañeros con problemas sentimentales, aficiones etílicas e inquietudes culturales) tienen entidad, los diálogos no son de cartón piedra, el dibujo es sencillo pero efectivo… De lo mejor, repito, que salió de aquellos años.

Gracias también a Jordi Costa (voy a acabar haciéndole un altar) he descubierto la obra de Miguel Calatayud, precursor de la psicodelia en nuestro país de la mano de su personaje Peter Petrake, un agente secreto cuyas surrealistas y coloridas aventuras vieron la luz de manera guadianesca entre 1970 y 1973 en las páginas de la revista infantil Trinca. Peter Petrake. De los años 70 al siglo XXI (El patito Editorial, 2009) recoge todas las historietas que se publicaron del personaje, y sorprende casi 5 décadas después por la frescura y originalidad que aún mantienen, probablemente mucho más apreciables hoy día que en la época.

Y para terminar, un cómic de ahora mismo que de algún modo me ha recordado a los de Miguel Calatayud. Pulse Enter para continuar (Apa Apa, 2018) de Ana Galvañ reúne varias historias a caballo entre la ciencia ficción, la crítica social y la psicodelia más desatada. El punto menos fuerte quizá sean los textos, poco trabajados y demasiado crípticos a veces, pero es un placer visual deslizar los ojos por cada una de sus páginas. Estaremos atentos a esta autora.

DIARIO DE LECTURAS (14)

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Qué poco ‘de novela’ que soy. Nunca lo he sido mucho, y cada vez lo soy menos. Y encima, me doy cuenta de que las novelas que más me gustan tienen bastante de autobiográficas. Pienso en La lluvia de los inocentes de Andrés Ibáñez, que leí hace unos meses y me fascinó, y pienso en esta novela, la segunda de Andrés Trapiello, El buque fantasma (Plaza & Janés, 1992). Novela de iniciación, cuenta el proceso de toma de conciencia política y de casi inmediato desencanto de Martín, claro alter ego del autor, en una ciudad de provincias de la España tardofranquista. El protagonista, joven idealista, pronto se da cuenta de que gran parte de aquellos que decían luchar contra una dictadura miserable, más que luchar por la democracia y la libertad, por lo que peleaban era por la consecución de un régimen igualmente dictatorial e igualmente miserable. Por suerte, y con todos los peros que le podamos poner a la España actual, no fue así. Y, a lo que vamos, el libro está maravillosamente escrito.

El proceso personal e intelectual de Martín / Trapiello tiene muchos paralelismos con el que cuenta Octavio Paz en Itinerario (Seix Barral, 1994). Paz, una de las personalidades más lúcidas y comprometidas del siglo XX, representa un humanismo liberal y nada sectario con el que me siento bastante identificado. Incómodo con las etiquetas, reivindicó siempre la libertad, la educación, la cultura y el diálogo. Como cualquier intelectual de su tiempo, denunció con horror las atrocidades del nazismo. Como muy pocos intelectuales de su tiempo, se atrevió a denunciar igualmente el horror del estalinismo, lo que le valió todo tipo de acusaciones e insultos. Este breve libro, uno de los últimos que escribió, es todo un ejemplo de valentía, claridad y coherencia.

He leído estos días también dos libros muy cortos que tratan de una manera muy directa acerca de uno de los horrores mayores de nuestro tiempo, el terrorismo islámico: Conversaciones, de Ayaan Hirsi Ali (Confluencias, 2015) y El vértigo de la fuerza, de Étienne Barilier (Acantilado, 2018). La primera es una de las voces más importantes a favor de una reforma que modernice y humanice el Islam, especialmente en lo que concierne a los derechos de la mujer (prácticamente inexistentes en muchos países). Ello la ha hecho merecedora de amenazas de muerte. Es una mujer valiente y fascinante. El segundo libro está escrito tras el atentado contra la revista Charlie Hebdo y es un alegato contra el fanatismo asesino, y contra los cobardes que justifican ese fanatismo.

Estos cuatro libros, escritos por un español, un mexicano, una somalí y un suizo, tienen todos algo en común que me toca muy hondo: la defensa del individuo frente a la masa, del ser humano concreto frente a la abstracción de conceptos como patria o pueblo, y de las ideas frente a las ideologías.

Otro libro que habla de valores a los que me siento muy afín es La hazaña secreta (Turner, 2018), de Ismael Grasa. Esta frase resume bien el tono general del libro: “Al fin y al cabo se ha hecho más por la revolución -la que de verdad cuenta- levantando el sombrero de nuestras cabezas para saludar que cortándolas”. El libro, compuesto de brevísimos capítulos en torno a una idea, a una frase, es una reivindicación de los pequeños gestos íntimos y los rituales cotidianos.

Otra vez he tenido la suerte de encontrar, a precio de risa, un ejemplar de La biblioteca de Babel, aquella colección de los 80 en la que Borges seleccionó sus lecturas fantásticas favoritas. Veinticinco Agosto 1983 y otros cuentos (Siruela, 1985) contiene cuatro de los últimos cuentos del maestro en los que aparecen algunos de sus temas eternos: el tigre, el sueño, la rosa o el doble. Se completa el volumen con una extensa entrevista de María Esther Vázquez que, como todas las que he leído de las que le hicieron, no tiene desperdicio.

En el mismo lugar y el mismo día donde encontré este libro de Borges, me hice también con este Libro de jaikus (Bartleby, 2007), de Jack Kerouac. Esto es lo primero que leo de él (hace cosa de 15 años intenté empezar En el camino… pero no era el momento. Tampoco sé si ahora lo es). Kerouac, piedra angular de la generación beat, propuso una serie de innovaciones en forma y contenido para adaptar el jaiku japonés a Occidente. Hasta propueso cambiarle el nombre (pops). Unas veces le salió bien y otras no tanto, pero en general me lo he pasado estupendamente bien leyendo esta selección. La traducción de Marcos Canteli a veces me chirriaba un poco… pero imagino que ha de ser difícil traducir unos poemas tan breves y concretos como estos.

Para terminar, otro diálogo entre Oriente y Occidente. Sentarse y nada más (Errata Naturae, 2018), de Éric Rommeluère, que lleva 40 años practicando y enseñando budismo en Francia, es una introducción a la práctica de la meditación zen desde un punto de vida occidental. El budismo es un tema del que no sé nada, pero que me interesa. Y me interesa también, aunque se me escapan muchos de los matices, la crítica que el autor hace de prácticas de moda como el mindfulness o cierto tipo de meditación ‘laica’ que parece estar más bien al servicio de una sociedad ultracapitalista en la que producir y consumir son el único objetivo que de un conocimiento profundo de uno mismo y del mundo. Como me suele pasar con los libros que tratan temas que me atraen pero de los que apenas sé nada, me cuesta hacer un resumen o sacar conclusiones, pero puedo decir que me ha gustado bastante.

DIARIO DE LECTURAS (13)

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Sigo enfrascado y fascinado con Twin Peaks. En el descanso entre la segunda y la tercera temporada he aprovechado para devorar La historia secreta de Twin Peaks (Planeta, 2016), de Mark Frost, creador de la serie junto con David Lynch. Es un libro sorprendente e inclasificable. Simula ser el dosier encontrado en el escenario de un crimen, entregado a un agente del FBI, en el que se nos narran acontecimientos relacionados con el pueblo desde sus orígenes. A la vez que nos sirve para profundizar en los personajes de la serie, es un fascinante recorrido por la otra historia de los Estados Unidos, en especial por la era dorada de la ufología. Junto al doctor Jacoby, los Packard, los hermanos Milford y demás fauna twinpeaksiana, encontramos personajes ‘reales’ como Richard Nixon, Jack Parsons o Ron Hubbard. Imprescindible. Y ahora, a por la tercera temporada.

Si hablamos de esa cara b de la historia norteamericana reciente, uno de los arquetipos más profundamente arraigados es el del predicador loco. Su iconografía está presente en multitud de novelas, cómics y películas (de La noche del cazador a Sangre sabia, de El fuego y la palabra a Predicador…). Por desgracia, Jim Jones no fue un personaje de ficción. Este líder espiritual llevó a la muerte más o menos voluntaria en 1978 a casi mil personas mediante el suicidio masivo más escalofriante de las últimas décadas. Jim Jones. Prodigios y milagros de un predicador apocalíptico (La Felguera, 2011) recoge el discurso que pronunció antes de morir (y de matar) y un par de ensayos sobre este tipo siniestro y carismático. Fabuloso, como todo lo que edita La Felguera.

Por poner un poco de luz ante tanta oscuridad, vuelvo a traer a William Carlos Williams, de quien escribí hace poco aquí mismo. Antología poética (Alianza, 2018) es una estupenda muestra de la poesía de prácticamente todos sus libros, exceptuando los del ciclo de Paterson. No puedo decir que me encante, pero siento un fuerte interés por el personaje y por su obra, y tengo ganas de seguir introduciéndome poco a poco en esta última.

En la ciudad líquida (Caballo de Troya, 2017), de Marta Rebón no solo es un libro imprescindible para entender las relaciones entre escritura y ciudades, sino que es también uno de los mejores libros que he leído en muchísimo tiempo. La autora, traductora al español de un buen número de autores rusos (Bulgákov, Gógol, Grossman, Nabokov, Pasternak, Tolstói…) nos trae aquí un libro de ese género híbrido, mi favorito, a caballo entre las memorias, el libro de viajes, la reflexión sobre el oficio de escribir y el de traducir y el homenaje a una serie de autores que en muchos casos tuvieron en la escritura el único reducto de libertad de sus vidas, sometidas a la barbarie estalinista. La autora nos acompaña en este recorrido por una serie de ciudades rusas, con el fantasmal San Petersburgo a la cabeza, aunque también recorremos gracias a ella Oporto, Quito o Tánger. Lo vuelvo a decir, uno de los mejores libros con que me he topado en meses.

Siguiendo con viajes y ciudades, en Mediterráneos (Anagrama, 2018) se reúnen una serie de crónicas que Rafael Chirbes escribió para la desconocida -al menos para mí- revista Sobremesa en las décadas de los 80 y 90. Son artículos sobre, evidentemente, una serie de ciudades mediterráneas (Valencia, Estambul, Venecia, Alejandría…). En mi opinión Chirbes no logra aquí la perfección de algunas de sus novelas, pero siempre es un placer pasearse por la prosa de este grandísimo autor.

Cambiando de tercio, pero sin salir de las reflexiones sobre el espacio urbano, László F. Földényi nos ofrece en Los espacios de la muerte viviente (Galaxia Gutenberg, 2018) un inquietante ensayo donde relaciona de manera certera e insospechada varios temas que me interesan: las utopías literarias y arquitectónicas de Moro, Boullée o Ledoux, el Panóptico de Bentham, los proyectos urbanos de los grandes genocidas del siglo XX y la obra de pintores como De Chirico o de escritores como Kafka. Uno de esos libros que me hubiese gustado escribir. Y, encima, de esos que se leen en una tarde.

Y termino con un superhéroe al que tenía parcialmente olvidado: Thor. En La muerte de Loki (Forum, 1998) Tom DeFalco y Ron Frenz continúan las aventuras del dios nórdico en la época en que su identidad humana era la del arquitecto neoyorquino Eric Masterson (después convertido en Thunderstrike, un lío). Aunque mi cerebro muchas veces es incapaz de procesar toda la información de los cómics de Marvel, y en esta ocasión la excesiva aparición de personajes a los que no conozco me ha llegado a aburrir, la lectura de este cómic ha hecho que me vuelva a picar el gusanillo de seguir escribiendo sobre arquitectos de ficción… ¿quizá una segunda parte de Quiméricos constructores? Quién sabe…

DIARIO DE LECTURAS (12)

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Todos los libros que traigo esta vez son muy, muy breves. La mayoría los he leído en un dia. Los más largos, en dos o tres… intentaré que los comentarios también lo sean, aunque no prometo nada.

No me interesa demasiado el feminismo. En realidad, siento cierto rechazo hacia ese feminismo, digamos, oficial, que me parece superficial, vacío y divisor. Es una opinión personal, probablemente con poco fundamento, pero no me preocupa en exceso. Sin embargo, como en cualquier tema, hay nombres por los que siento una profunda admiración y simpatía, y en el caso del pensamiento feminista uno de ellos es el de Camille Paglia. En este brevísimo Feminismo pasado y presente (Turner, 2018) se reúnen 5 conferencias y artículos de la Paglia que sirven para hacerse una imagen de sus polémicos puntos de vista, muy alejados del pensamiento oficial, donde como ella misma afirma, pretende “librar el feminismo de las propias feministas”. Para Paglia no todos los males del mundo son culpa del maléfico patriarcado capitalista y colonial; de hecho el capitalismo, afirma, ha hecho bastante más por la emancipación de la mujer que otros sistemas económicos y políticos con preocupaciones supuestamente más sociales. Tampoco está de acuerdo en los sistemas de cuotas, que implícitamente hacen de las mujeres seres menos capaces que el hombre, y a quienes hay que proteger por tanto de manera especial. Se queja también, y la secundo, de esa postura paranoica que rechaza la belleza y ve en cualquier anuncio donde salga una mujer guapa un ataque machista o un símbolo de sumisión. No estoy de acuerdo en todo lo que dice pero sí me siento mucho más cerca de sus posiciones que de las del 90% de textos y consignas feministas que he leído y escuchado en los últimos tiempos, y además todo lo que dice lo argumenta y lo defiende de manera inteligente. Por una vez tengo que decir que lamento que un libro sea tan corto.

También es corto, pero en este caso de extensión perfecta, Catherine (Blackie Books, 2014), primer libro que leo del Premio Nobel Patrick Modiano. Es el maravilloso retrato de una niña que quiere ser bailarina y que tiene la suerte de llevar gafas, ya que así puede acceder a dos mundos, uno nítido y otro borroso según las lleve o no puestas… Con ilustraciones de Sempé, es un cuento estupendo para niños y adultos. Se lee en un rato (como todas las lecturas que traigo hoy), y lo que más me ha gustado ha sido la experiencia de leerlo con Conchi, en voz alta entre una estación y un vagón de tren, como tendrían que leerse todos los libros.

Igual que Patrick Modiano, también Octavio Paz recibió el Nobel de Literatura, y es curioso, porque en este luminoso acercamiento de Carlos Monsiváis a su obra, Adonde yo soy tú somos nosotros (Raya en el agua, 2014), no se nombra ni una sola vez el premio. Ni falta que hace. Paz es uno de los escritores por los que más admiración siento. Representa el intelectual total. Ensayista y poeta, crítico y traductor, su obra oscila siempre entre el diálogo con el pasado (los clásicos europeos, la América precolombina, el pensamiento oriental) y el compromiso con el presente. Monsiváis, el mexicano que más y mejor escribió sobre México, rememora la vida y obra de Paz, desde el conocimiento y la admiración. Tenía pendiente de leer este libro desde que me lo trajeron hace un par de años de México y ha valido la pena la espera. Ahora era el momento de hacerlo.

Seguramente Octavio Paz, que dedicó estudios y traducciones a distintos poetas de la India, China y Japón, conocía estos Pensamientos desde mi cabaña (Errata naturae, 2018), de Kamo No Chomei. Chomei fue un monje que, a principios del siglo XIII, dejó todo y se construyó una pequeña cabaña en la que apenas cabía nada más que él, para escribir, meditar, cantar y vivir en contacto con la naturaleza. En estas pocas páginas reflexiona sobre la fugacidad de la vida, la banalidad de las posesiones materiales, etc. Todo muy japonés. Se te queda la mente más limpia y fresca tras leerlo.

No de cabañas, pero sí de casas, de arquitectura, de diseño habla Carlos Salazar Fraile en Lo que oculta un arquitecto (Newcastle, 2017). Es de esos libros que solo por el título ya te hace querer leerlo… Salazar, a quien no conocía, habla de arquitectura y de vivienda pero desde unos puntos de vista muy interesantes y distintos a lo habitual. No es un libro que te cambie la vida, pero pasas un buen rato leyéndolo.

El alma del rostro (Siruela, 2006), de Tullio Pericoli es un libro raro y muy, muy recomendable. Pericoli, retratista italiano, plantea aquí unas reflexiones muy curiosas y agudas sobre los rostros de la gente, tras muchos años de estudiarlos y dibujarlos. Con la excusa de dibujar el rostro de Samuel Beckett (el más bello del siglo XX, según el autor), nos da claves para descifrar qué dicen los rasgos, las expresiones de la gente, y cómo desde su oficio se ha dedicado a ponerlas sobre papel.

No sé si se puede considerar un libro este pequeño casi fanzine de Azorín (un fanzine de Azorín, me gusta cómo suena). Dos cuentos policíacos (Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert, 2017) es un pequeño cuaderno conmemorativo que reúne dos rarezas de un autor que seguramente fue mucho más ecléctico de lo que pensamos (hasta escribió ciencia ficción). No pasarán a la historia del género, pero me han resultado encantadores ambos.

Por último, El ruletista (Impedimenta, 2017), del rumano Mircea Cartarescu. Un relato fabuloso, perfecto, que funciona como una bomba de relojería. En menos de 60 páginas, Cartarescu nos narra una fábula perfecta sobre la suerte y el destino, la vida y la muerte, el riesgo y el morbo. El tópico de ‘no puedo soltar el libro’ se cumple aquí de manera extrema.

Y ya me he extendido más de lo deseable. Es un buen momento de dejarlo por hoy.