Una reciente visita a Cuenca me hizo recordar El valle de Gwangi (The Valley of Gwangi), un entretenidísimo western con dinosaurios rodado en tierras españolas. Weird Western en estado puro, no me resisto a copiar las palabras del amigo Carlos Aguilar: «Es mala, indiscutiblemente. […] La protagonizan unos actores muy flojos […] según un guion en exceso burdo, con un trazado de personajes absolutamente repelente. Sin embargo, The Valley of Gwangi, a su manera, deleita. […] una anomalía ingenua, en todos los sentidos, y adorablemente extemporánea» [1]. ¿En qué quedamos, Carlos?
Total, que nada más llegar a esta ciudad, al toparme con la Catedral recordé esa escena final en la que el adorable dinosaurio, creado nada menos que por el genial Ray Harryhausen, ataca esta joya de la arquitectura gótica:
Por otra parte, Cuenca se ha hecho famosa en las últimas décadas por albergar una de las colecciones más importantes de arte abstracto español. He de decir que en general este arte me ha parecido siempre terriblemente sobrevalorado y falto de interés. Tras la visita al Museo de Arte Abstracto Español, mi opinión… no ha cambiado. Yo lo siento pero no consigo entender la fascinación que sobre tanta gente ejerce la obra de Tàpies, Guinovart, Millares, Cuixart y compañía. El único valor que he encontrado ha sido a un par de obras que creo que podrían servir perfectamente como carteles de películas:
Luis Feito. Número 460-A (1963)Antonio Saura. Geraldine dans son fauteuil (1967)
[1] AGUILAR, CARLOS (2025). American Western en España. Desfiladero (pp. 184-186)
Compuesta por dieciséis largometrajes, la obra cinematográfica del polifacético Bigas Luna (1946-2013) nos despierta cada vez más admiración y simpatía. Pese a sus altibajos y sus constantes cambios de tono y estilo, su cine es una coherente e intensa reflexión sobre temas como el deseo, los sentidos, la mirada o los celos. Tras una primera etapa dominada por un cine, digamos, incómodo -recordemos delicias no aptas para todos los paladares como Bilbao (1978), Caniche (1979), o Angustia (1987)- a principios de los años noventa compone la que tal vez sea la etapa más perfecta de su carrera, en la que lleva sus obsesiones al límite a la vez que consigue conectar con un público amplio. Es el momento en que rueda lo que llamó, con acierto, su «Trilogía ibérica«, compuesta por Jamón, jamón (1992), Huevos de oro (1993) y La teta y la luna (1994). (Uno, por cierto, no puede evitar ampliar la trilogía ibérica a «tetralogía latina» o «mediterránea», incluyendo la inmediatamente posterior Bámbola (1996), que tanto se emparenta con las anteriores).
Con la mirada puesta en Buñuel, Berlanga y Fellini pero también en Marco Ferreri y Tinto Brass; con los sabores y olores del jamón, por supuesto, pero también de la paella, del ajo y del pa amb tomaca; con Julio Iglesias compartiendo banda sonora con Édith Piaf y algo de techno; con el toro de Osborne, el hotel Bali y las playas de Tarragona presentes en los fotogramas, con unos repartos corales en los que lo mismo vemos a unos primerizos Javier Bardem o Penélope Cruz que a viejos lobos como Juan Diego, o divas foráneas como Stefania Sandrelli, Maria de Medeiros o Mathilda May; con todos estos y muchos más mimbres, en fin, el catalán Bigas Luna nos ofreció estas películas en las que hoy, a más de tres décadas de su estreno, seguimos encontrando suficientes razones para sentarnos a charlas sobre ellas.
Y eso es precisamente lo que hicimos Raúl Cornejo y un servidor en esta nueva entrega de Vivir Rodando. Se puede escuchar el programa en:iVoox | Spotify | Apple Podcasts | YouTube o, como siempre, desde la web del programa:
Con Atún y chocolate (2004), su primera y por desgracia única película como director, el músico, showman, actor, humorista, escritor y reportero Pablo Carbonell se reveló como un auténtico creador cinematográfico. Con un estilo y un tono que beben a partes iguales de la comedia clásica italiana (De Sica, Monicelli, Risi) y de las mejores cintas de los británicos estudios Ealing, pasando por ese glorioso díptico berlanguiano formado por Calabuch (1956) y París-Tombuctú (1999), y sin olvidarnos de las curiosos paralelismos con Matías, juez de línea (La cuadrilla, 1995), la película de Carbonell se inscribe junto con todas ellas en el delicioso subgénero de «películas en las que uno se quedaría a vivir».
Con un reparto en estado de gracia, encabezado por el propio director, al que siguen una magnética María Barranco, un sublime Antonio Dechent y un irreconocible Pedro Reyes, Carbonell quiso dejar atrás ese Madrid de moderneo en el que se dio a conocer, volviendo a sus orígenes gaditanos. Con sus lógicas imperfecciones, a las más de dos décadas de su estreno (volver a) ver hoy Atún y chocolate resulta una experiencia tan entrañable como amarga, al hacernos pensar en lo que seguramente habríamos ganado si Pablo Carbonell hubiese conseguido rodar más películas.
A esta película, y al propio Pablo Carbonell, dedicamos este programa de Vivir Rodando, el podcast de Raúl Cornejo en el que tengo una vez más el placer de colaborar.
Entretenido en otros menesteres, hacía ya unos cuantos (demasiados) meses que no me animaba a colaborar en Vivir Rodando, el nunca lo suficientemente valorado podcast de Raúl Cornejo.
La relativamente reciente muerte del actor alemán Udo Kier (1944-2025) nos ha servido como excusa para volver a juntarnos. En esta ocasión aprovechamos las ganas que teníamos de revisar las dos joyas que el alemán rodó en 1973 a las órdenes del neoyorquino Paul Morrissey: Flesh for Frankenstein y Blood for Dracula.
Bajo la advocación del inefable Andy Warhol, Morrissey logró crear dos maravillosas gemas del cine europeo cargadas de humor, erotismo y horror y que, cinco décadas después de su estreno, siguen tan frescas y deliciosas como el primer día.
A lo largo de cerca de dos horas Raúl y un servidor usamos como excusa estas dos obras para charlar acerca de mil y una cuestiones que nos fascinan.
Sin duda ha sido una grata sorpresa el hecho de haber encontrado de manera casual a la heredera natural de las cintas benidormenses de Lazaga, Ozores y compañía donde menos lo esperaba: en esta rara avis de la filmografía de Jesús Franco. Rodada en 1983 (al menos, el depósito legal de la cinta es realizado en dicho año, aunque con el bueno de Jess nunca se puede poner la mano en el fuego…), es bastante probable que la cinta no fuese estrenada hasta 1987.
Pese al título totalmente engañoso, nos encontramos con una comedia bastante inocentona, con algún puntito picante, sí, pero apta para todos los públicos (bueno, ni de lejos gustará a todos los públicos… pero creo que se me entiende). No me extenderé en el argumento; para ello se pueden consultar las acertadísimas reseñas del imprescindible Álex Mendíbil y el para mí desconocido Joldi Lius en sus respectivos blogs. Lo que me interesa aquí, como siempre, son las localizaciones. Y es que la película no solo es rodada íntegramente en Benidorm (un Benidorm de finales de verano, con menos gente de lo habitual y ese puntito de melancolía que siempre trae septiembre) sino que prácticamente no hay fotograma en que no disfrutemos de un edificio, una calle, un pasaje, una playa o una vista de la ciudad:
También vemos numerosas imágenes de ese fascinante Benidorm la nuit que hoy día se ha convertido en un vertedero de guiris borrachos, pero que en esos años todavía tenía cierta gracia:
En una película rodada en Benidorm, no podía faltar la icónica escena en el mirador, y en la plaza de la iglesia:
Pero sin duda, lo más interesante para nosotros es el personaje de Phillip, turista holandés que, como dice la voz en off que inicia y cierra la cinta, «parece interesarse de un modo especial por la caótica arquitectura de la ciudad»:
Y es que Phillip (Juan Soler) es un arquitecto que está en Benidorm documentando los, a su juicio, más desastrosos ejemplos de arquitectura levantina. Huelga decir que no compartimos dicho juicio. Entre los ejemplos que Phillip fotografía una y otra vez están el Hotel Titanic (creo que desaparecido hoy día), el Centro Comercial La Noria y la icónica Torre Benidorm, obra tardía de Juan Guardiola Gaya.
Hotel TitanicCC La NoriaTorre Benidorm (1971-75)
Es impagable precisamente la escena en la que Phillip está tomando notas sobre este último edificio y tiene este diálogo con un tipo autóctono interpretado por el habitual Antonio Mayans:
-Eh, amigo, ¿qué miras? -La estructura de ese edificio. -¿Por qué? -Porque es caótica, horrible. -Pero bueno, ¿ya empezamos? Vienen ustedes aquí a gastarnos nuestro sol y lo único que hacen es criticar. ¿Y usted qué sabe? -Soy arquitecto y estoy escribiendo una tesis sobre la mala aplicación de la arquitectura moderna en esta ciudad. -Pero qué le ve usted de malo a esto? Pero si es precioso. -Mire esto. ¿Le gusta? -Tiene su aquel, tiene originalidad. A mí me gusta (…) ¿Y en su país no hay casas costrosas? -No tan horribles.
Desde luego, y aunque esta torre palidece si la comparamos con otras obras del mismo arquitecto de solo unos años antes (el edificio Vistamar, la Urbanización La rotonda, el Residencial La chicharra), pocas veces hemos visto un manifiesto tan demoledor acerca de la arquitectura costera como en esta insospechada mezcla del Berlanga más sainetesco con el Almodóvar más festivo dirigida por el cineasta más inclasificable de nuestra cinematografía: Jesús Franco.
ADENDA, 01 de enero de 2026:
Por casualidad, visitamos de nuevo Benidorm el día de año nuevo, y lo primero con lo que nos tropezamos es con el Centro Comercial La Noria (estaban casi todos los locales cerrados, pero la fisonomía era idéntica a la que se muestra en la película). Junto a él, la famosa Torre Benidorm:
Como no nos gusta demasiado la necrofilia crítica, y con la tranquilidad que da saber que llevamos mucho tiempo celebrando y disfrutando del cine de Mariano Ozores, dedicamos una sesión más de Vivir Rodando, el extraordinario podcast de Raúl Cornejo, a la figura de este cineasta, de quien nos hemos ocupado en tantas ocasiones. Aunque Raúl ha titulado el programa «Despedida a Mariano Ozores», me permito cambiar el título a «Celebrando a Mariano Ozores», pues esta hora y pico de conversación esperemos que entretenida y nada trascendental no pretende ser otra cosa que una celebración más que una despedida, en el sentido de que su cine nos seguirá acompañando y deleitando por mucho tiempo.
Esta vez tomamos como excusa el inicio y el final de su carrera cinematográfica: Las dos y media y veneno (1959) y Pelotazo nacional (1993). En medio, casi cien películas buenas, malas y regulares que en conjunto forman uno de nuestros patrimonios cinematográficos más personales y reconocibles y, por supuesto, auténtico cine de autor, signifique esto lo que signifique.
En 1962 Mariano Ozores realiza, entre varias otras películas, Alegre juventud, una comedia melodramática ambientada en un seminario, y que se encuentra entre las obras más curiosas de su filmografía. En ella se nos cuenta las tribulaciones de varios jóvenes seminaristas, unos con más y otros con bastante menos vocación. En un momento de la película uno de ellos, Luis (Manuel Gil), recibe la visita de su antigua novia, Alicia (Elisa Montés), y tiene lugar este diálogo:
Alicia: Es muy bonito esto. No se ajusta a la idea que yo tenía de un seminario. Luis: Es muy difícil desde fuera hacerse una verdadera idea de lo que es un seminario. Y no me refiero a su aspecto arquitectónico.
Pues si traigo aquí esta película es precisamente por esto, por el aspecto arquitectónico del dichoso seminario. La película se rodó en el Seminario Menor de Pilas, en Sevilla, obra del arquitecto Fernando Barquín Barón (1917-1965). El proyecto se comenzó a construir en 1957 y su inauguración tuvo lugar en mayo de 1961 con la presencia de Franco, quien dio un discurso inaugural en el que, lástima, no habló de arquitectura y sí de los peligros del comunismo y de sus compañeros de viaje «que inconscientes, apasionados por sus políticas ateas, acaban haciendo la política que el comunismo necesita» [1].
El edificio llama la atención por su modernidad y limpieza. En lo social, miembro activo de movimientos católicos y en lo arquitectónico, profesional adscrito a los principios del Movimiento Moderno, Fernando Barquín construyó principalmente edificios religiosos y barriadas para las clases más desfavorecidas. En la web de Docomomo Ibérico podemos ver algunas de sus obras. Pero la que nos interesa es esta que aparece en la película de Ozores, el Seminario, del cual podemos obtener aquí más información. Veamos algunos fotogramas:
Y algunos fotogramas, más «artísticos»:
Aquí algunas fotos de la época y planos del arquitecto:
Por cierto, como curiosidad, me encuentro con que, tras el estreno del film, aparece una pequeña nota en El adelantado de Segovia [2] (qué buen título de periódico) firmada por un tal V. Z. donde hacen cura al bueno de don Mariano. No sé qué pensaría nuestro admirado cineasta de esto…
En fin, como me estoy yendo por las ramas, y solo quería dejar constancia de este extraordinario edificio que aparece en una de las cintas menos conocidas de Ozores, aquí lo dejo…
Artículo «El relax en la pantalla», escrito a partir de las investigaciones que llevo pergeñando un año en este blog, y publicado en el segundo número del fanzine «Toldo verde», editado por los amigos de Homo Velamine.
En 1969, en plena vorágine creativa (4 películas estrenadas ese año), Mariano Ozores escribe un guion al que da por título La vida sexual de Susana. En principio la idea era que fuese una coproducción con Italia, pero según el director, la parte italiana rechazó la historia por ser demasiado ñoña, mientras que la censura española le hizo abreviar el título y le exigió que no se excediera en las escenas seudoeróticas.
La historia, a priori, tiene su interés, no en vano es una versión más o menos paródica de la Lisístrata de Aristófanes: la Susana del título (una siempre espléndida Conchita Velasco) es plantada por su novio ante el mismísimo altar, provocando en ella una desconfianza bastante razonable hacia los hombres. Su jefe, entonces, le ofrece un curioso encargo: Susana es enviada a un pueblito de la costa almeriense, Villamar (en realidad, Roquetas de Mar) para que realice una investigación sociológica y descubra por qué es la zona en la que menos productos de los ofrecidos por la empresa se venden.
Una vez allí descubre, sorprendida, que no hay hombres. Las únicas habitantes del pueblo son las mujeres, que por cierto están siempre bastante cabreadas. La primera explicación que halla nuestra protagonista viene a profundizar en esa idea tan extendida en la época de las turistas extranjeras como unas lagartonas que venían a revolucionar las hormonas de los pobres machos ibéricos, con los consecuentes efectos negativos hacia las abnegadas esposas y las castas novias locales:
Conchita Velasco: Por lo que veo aquí todas las mujeres están siempre de mal humor. ¿Es que no son felices? Fernanda Hurtado: Claro que no. Tenemos un enemigo terrible: Erika. Conchita Velasco: Ah, una turista, sí… las hay muy frescas (…) Ocurre en todas partes. Llegan las turistas, se ponen los bikinis y el elemento indígena desprecia el producto de la tierra.
Pero en seguida vemos que la explicación es otra. Todos los hombres son marineros. Antes volvían cada noche a dormir a casa, pero ahora embarcan todos en un gran pesquero, el Erika, y pasan seis meses en alta mar. Las mujeres, mientras, han creado una especie de matriarcado en el que destacan las siempre estupendas Florinda Chico y Rafaela Aparicio. Susana les propone, para que ellas mismas se pongan en valor, que la noche en que lleguen sus novios y maridos, se pongan guapas, se arreglen, pero… se nieguen a tener sexo con ellos. De este modo, les dice, serán ellas las que tengan la sartén por el mango. Ya basta de tener ganas siempre que ellos quieran. Ahora serán ellas quienes decidan cuándo y cómo…
La verdad es que la trama tampoco tiene demasiados pies ni cabeza, pero qué más da. Disfrutamos aquí de unos bellos paisajes, de unos estupendos actores (Antonio Ozores, Goyo Lebrero, José Sacristán)y de unas no menos magníficas actrices (Conchita Velasco, Paca Gabaldón aka Mary Francis, Rafaela Aparicio). Vemos aquí a esta última, por cierto, customizando un cartel de «España es diferente»…:
El cartel, precioso, es uno de los que el Ministerio de Información y Turismo sacó por aquellos años para promocionar los pueblos blancos andaluces. Este, en concreto, estaba dedicado a Gaucín, en Málaga:
La película, como decíamos, se rodó en Roquetas de Mar y en Aguadulce, provincia de Almería. Algunas de las imágenes de estos pueblos encalados nos hacen recordar a las fotografías que por esos mismos años, o poco antes, realizaron fotógrafos como Ramón Masats en Tomelloso o Carlos Pérez Siquier en el barrio de La Chanca, también en Almería. En realidad, casi las podemos considerar un reverso moderno, colorido y sexy de las obras citadas:
RAMÓN MASATS. Tomelloso, Ciudad Real, 1960.CARLOS PÉREZ SIQUIER. La Chanca, Almería, 1960.
También cabe destacar la iglesia en la que, al inicio de la película, dejan tirada a la pobre Conchita Velasco:
Creo que no me equivoco al afirmar que es la Iglesia de los Doce Apóstoles (actualmente, de los Santos Apóstoles), de Boadilla del Monte, Madrid, construida entre 1968 y 1969 (es decir, estaba recién terminada cuando se rodó Susana), por Rafael García de Castro Peña (1923-2014). Encontramos un reportaje sobre la misma en el número 119 (noviembre 1968)de la revista Arquitectura del COAM :
También he localizado aquí esta estupenda foto de la construcción de la misma:
Pero nos estamos desviando de nuestro tema… y, en fin, será mejor que lo dejemos por hoy…